CONVOCATORIA | *REDRUM

Nada más entrar en el hotel te encuentras un cartel con unas letras grandes que pone: «Prohibido correr por los pasillos». Por esa misma razón los huéspedes que llevan prisa utilizan el triciclo portátil como principal medio de locomoción. Otra cosa muy distinta es orientarse por el laberíntico entramado del mismo hotel, y es que circular en un zigzag básico le puede llevar a uno al propio punto de partida, mientras que avanzar en competente línea recta asegura el estamparse de morros contra la pared del fondo sin remedio. A este efecto se le conoce como “Paradoja del entredédalo”, y desemboca en una patente incapacidad para llegar a donde se pretende de una sola pieza y sin hallar obstáculos ni vicisitudes durante el tránsito. Veamos un ejemplo: Alguien intenta llegar del punto A al punto B en un tiempo determinado, digamos un rato estándar, y sin pasar por delante de la habitación doscientos treinta y pico porque el bedel, que de esto entiende, recomienda que uno ni se acerque; pues bien, el sujeto en cuestión practicará un recorrido a la deriva (véase joroschó #0) en el que ejecutará giros al azar y movimientos brownoideos sobre una moqueta estrafalaria que lo llevarán sin remedio a toparse con algo no contemplado en el itinerario previsto, ya sea una pareja de mellizas muertas a machetazos que le invitan a uno a jugar, una infame bacanal de personas disfrazadas de alimañas, o cualquier otra incidencia terrorífica y desagradable que haga que olvidemos la intención primera de llegar al punto B y queramos, en cambio, volver a nuestro cuarto a llorar abrazados a la almohada, no sin antes pasar, por supuesto, por la mismísima habitación doscientos treinta y pico que, de todas formas, estará bien cerrada con llave para alimentar la curiosidad, que se torna mórbida, y dejarla insatisfecha por necesidad. Esta situación hipotenúsica se puede extrapolar a multitud de escenarios y contextos, incluso a casi todas las situaciones a las que nos enfrentamos en el día-noche-día-noche de cada vida, lo que viene siendo el samsara cotidiano que nos mata de risa, y deriva, matemáticamente hablando, en lo que humildemente denominamos como «redrum»; término que podríamos traducir como la categórica necesidad de matar, mutilar, o al menos, herir de gravedad, a cuanto se nos ponga por delante en nuestro afán de alcanzar ese codiciado punto B, a veces llamado meta, que, por descontado, jamás alcanzaremos.


BASES

Se aceptan colaboraciones de todo tipo: narrativa, poesía, ensayos, artículos, fragmentos de obras, fotografías, ilustraciones, viñetas, collages… cualquier cosa que (se) os ocurra.

El tema es LIBRE, aunque agradecemos que os dejéis inspirar por el concepto propuesto para explorarlo desde múltiples perspectivas.

Las colaboraciones sin firmar llevarán el nombre de quien las haya enviado, salvo petición expresa de figurar como ANÓNIMX.

Los textos figurarán con una misma tipografía en el fanzine, aunque podéis indicarnos si preferís otra en particular.

Para las versión en papel se imprime en escala de grises, pero para la versión digital y el blog conservaremos los colores.

*FECHA LÍMITE: 20 DE SEPTIEMBRE

*COLABORACIONES|DUDAS|INSULTOS —JOROSCHOFANZINE@GMAIL.COM

EL DERBY DE KENTUCKY ES DECADENTE Y DEPRAVADO | *HUNTER S. THOMPSON + *RALPH STEADMAN

*RALPH STEADMAN

(…)

Me desperté alrededor de las 10.30 del lunes en la mañana por un chirrido que provenía de la puerta. Me apoyé en la cama y abrí la cortina lo suficiente para distinguir a Steadman afuera. “¿Qué mierda quieres?”, le grité.

“¿Qué hay del desayuno?”, dijo.

Me levanté y traté de abrir la puerta, pero se quedó atascada por la cadena de noche y se volvió a cerrar. ¡No fui capaz de sacar la cadena! No había caso con ella, así que la rompí con una furiosa sacudida de la puerta. Ralph no se inmutó. “Mala suerte”, dijo.

Apenas podía ver algo.   Tenía los ojos tan hinchados que casi no podía abrirlos y la brusca irrupción de la luz a través de la puerta me dejó aturdido e indefenso como un topo enfermo. Steadman estaba farfullando acerca de náuseas y el terrible calor; me senté en la cama y traté de enfocarme en él mientras se movía alrededor del cuarto de forma extraña, hasta que, repentinamente, sacó una Colt.45 y apuntó con ella a un cubo de cerveza. “Cristo”, dije, “Estás perdiendo el control.”

Él asintió mientras rompía la tapa de la botella, tomando un largo trago. “¿Sabes? Este lugar es realmente espantoso” dijo finalmente. “Tengo que salir de aquí…” Él movió su cabeza con nerviosismo. “El avión sale a las tres treinta, pero no sé si podré soportarlo”.

Casi no podía oír lo que decía.  Finalmente mis ojos se habían abierto lo bastante para enfocarme en el espejo que estaba al otro lado del cuarto y quedé sorprendido al reconocer lo que vi en él. Por un momento pensé que Ralph había traído a alguien, un modelo perfecto de esa cara que habíamos estado buscando. Ahí estaba, por Dios, una caricatura hinchada, devastada por el alcohol, enfermiza… la horrible versión animada de una vieja foto, arrancada al álbum familiar de una orgullosa madre. Era la cara que habíamos estado buscando, y era, por supuesto, la mía. Horrible, horrible…

“Quizás deba dormir un rato más”, le dije. “¿Por qué no vas al Pueblo del Pescado y la Carne y comes algo de ese pescado podrido y esas papas fritas? Luego regresas acá y me despiertas cerca del mediodía. Me siento demasiado cerca de la muerte para salir a la calle ahora.”

Él movió su cabeza. “No… no… creo que iré a mi cuarto y trabajaré con los bocetos un rato”. Él fue a sacar dos latas más del cubo. “Intenté trabajar antes”, dijo, “pero mis manos estaban temblando… Es terrible, terrible”.

“Tienes que dejar de beber”, le dije.

Él asintió. “Lo sé. No es bueno, no es para nada bueno. Pero por alguna razón me hace sentir mejor…”

“No por mucho”, le dije. “Tú vas a caer en una especie de histérico     Delirium Tremens esta noche, probablemente justo cuando te toque tomar el avión en Kennedy. Ellos te pondrán una camisa de fuerza para reducirte y te arrastrarán hacia Las Tumbas antes de golpearte en los riñones con grandes palos una y otra vez, hasta que te calmes.”

Él se encogió de hombros y se fue, cerrando la puerta detrás suyo. Regresé a la cama por otra hora, y más tarde, después del jugo diario de pomelo tomado a la carrera en el Nite Owl Food Mart, tuvimos nuestro última comida en el Pueblo del Pescado y la Carne: un fino almuerzo de pasta con interiores de res, freídos en abundante grasa.

Para ese momento Ralph ya no ordenaba café; se mantenía pidiendo sólo agua. “Es la única cosa que tienen aquí apta para consumo humano”,   explicó. Luego, con una hora o más por matar antes que él tomara el avión, pusimos los dibujos sobre la mesa y los examinamos un buen rato, preguntándonos si él había captado el espíritu del Derby… pero no pudimos decidirnos. Sus manos temblaban tanto que él tenía problemas para sostener los papeles, y mi vista estaba tan borrosa que apenas podía ver lo que había dibujado Ralph. “Mierda”, dije. “Ambos estamos peor que cualquier cosa que hayas dibujado tú aquí”.

Él sonrió. “¿Sabes? He estado pensando sobre eso”, dijo. “Vinimos aquí para contemplar un espectáculo terrible: gente vuelta loca y vomitando sobre sí misma y todo eso… y ahora, ¿sabes qué? Somos nosotros…”

Un gran Pontiac Ballbuster vuela a través del tráfico en plena carretera.

Un boletín nacional de noticias informa que la Guardia Nacional está masacrando estudiantes en Ken State y que Nixon continúa bombardeando Camboya. El periodista conduce, ignorando a su pasajero, que ahora está casi desnudo tras sacarse la mayor parte de su ropa, que sostiene contra la ventana, con el fin de quitar el olor del Mace. Sus ojos están enrojecidos y su cara y su pecho están empapados con cerveza, que él ha usado para limpiarse del horroroso químico que tiene pegado en la piel. La parte delantera de sus pantalones de lana está húmeda con vómito; su cuerpo es remecido por violentos accesos de tos y ahogados sollozos. El periodista conduce el inmenso auto a través del tráfico y se estaciona enfrente del Terminal, abre la puerta del lado del pasajero y empuja al inglés, gritando: “¡Lárgate, marica! ¡Hijo de puta pervertido! [ríe enloquecido] ¡Si te vuelvo a encontrar te patearé todo el camino hasta Bowling Green, basura extranjera! ¡El Mace es demasiado bueno para ti!… Podemos arreglárnoslas sin tipos como tú en Kentucky.”

*HUNTER S. THOMPSON

 

*RALPH STEADMAN

DEPORTE REY | MIGUELO GUARDIOLA + *RALPH STEADMAN

*RALPH STEADMAN

Era bastante bochornoso contemplar a aquellos hombres adultos profiriendo todo tipo de barbaridades desde la grada, mientras sus hijos se batían el cobre en aquella absurda competición. Al principio me sentía a salvo, oculto tras la trinchera del teleobjetivo que había acoplado a mi vieja Leica, pero todo era tan invasivo que al final casi me vi forzado a convertirme en uno de ellos. Salí un momento a los pasillos internos tras las gradas, con la intención de desintoxicarme un poco del ambiente y, por qué no, comprar unos torreznos. Esos torreznos son, casi con total seguridad, lo mejor de este estadio. Salivo mares sólo con pensar en ese cucurucho de papel que se torna en ventana gracias a la magia de la grasa. En serio, si alguna vez venís por aquí, merece la pena acercarse, aunque solo sea por este humilde manjar.

Mis pasos dieron por fin con el improvisado quiosquillo donde Ruth y Melqui despachaban el porcino maná. Para mi sorpresa y mi desgracia, tuve que cagarme muchísimo en Dios y en la puta madre que parió a la carrera de mierda. Resulta que justo hoy no vendían chicle de cerdo porque, como es el puto derbi de los cojones, les tienen prohibido comerciar con cualquier producto que pueda herir la sensibilidad de los participantes. ¿Prohíben eso, pero la ley obliga a que los padres de los competidores tengan al menos una relación de tercer grado de consanguinidad y se quedan tan tranquilos?

Finalmente regresé a mi esquinita a pie de pista, con una infantil e insulsa bolsa de gusanitos sabor kétchup en una mano y un refresco sabor aspartamo en la otra. Como era previsible, los competidores apenas habían avanzado en su transcurrir por el aburrido circuito. El sonido de su fatigosa respiración de bulldog, los aullidos de sus progenitores, la engolada voz del comentarista y las vuvuzelas se mezclaban, ejecutando la banda sonora perfecta para inmolarse.

En mitad del tedio, algo conmocionó al comentarista, puesto que dejó de impostar su machacona voz, sacándome de mi ensimismamiento. Se estaba produciendo un adelantamiento teóricamente espectacular, Matthew VI de Inglaterra estaba pasando a Gerlach VIII de Holanda justo en una curva. Los siguientes quince minutos de carrera fueron exactamente igual de espectaculares, hasta que ambos consiguieron salir de la curva. Aproveché aquel momento de emoción para sacar unas cuantas instantáneas, a ver si conseguía cumplir con el cupo de treinta imágenes buenas que me pedía el periódico para sacar la noticia y actualizar el archivo.

Comprendía el interés que suscitaba la carrera, pero de verdad que era algo insoportable y además bastante desagradable. Hay algo en mi ética que no termina de aceptar que se someta a niños de tres años a un proceso tan vergonzante cada vez que muere un monarca. Además que qué niños, todos enfermos, deformes y sufriendo las consecuencias de la endogamia disfrazada de pureza de sangre. Y al final se les hace correr, bueno, si es que a eso se le puede llamar correr, en un circuito ovalado, hasta que alguno complete tres míseras vueltas. Algún año ha pasado que ninguno ha sobrevivido habiendo logrado acabar la carrera, así que ese año otra vez elecciones y espérate a ver si no hay que volver a votar al año siguiente, que como no haya descendencia en edad de competir estamos jodidos. La verdad es que siempre apoyé el fin de la democracia tal como la conocíamos, pero creo que se nos ha ido de las manos. ¿Hemos acabado con las guerras? Sí. ¿Hemos evitado los comentarios tocapelotas de tu cuñado en las cenas de navidad? Sí. Ahora que todo está supeditado al deporte rey, nunca mejor dicho, hemos eliminado todos los conflictos políticos humanos, pero nos hemos convertido en una especie miserable, más aún si cabe.

En fin, parece que este derbi lo va a terminar ganando un Borbón, otra vez.

MIGUELO GUARDIOLA

lajaimademiguelo.blogspot.com

FRAGMENTOS DE ‘LA CAÍDA’ | *ALBERT CAMUS + CABEZADEDOLOR

CABEZADEDOLOR

(…) La amistad es menos simple. Se alcanza con dificultad y tiempo, pero cuando se consigue ya no hay manera de deshacerse de ella, hay que afrontarla. Aunque no vaya a creerse que sus amigos le telefonearán todas las noches, como deberían hacerlo, para averiguar si se trata precisamente de la noche en que tiene pensado suicidarse, o simplemente para saber si necesita compañía, o si tiene ganas de salir. No, pierda usted cuidado, si telefonean será la noche en que no está usted solo, cuando la vida es bella. (…) Pero no es fácil, porque la amistad es distraída, o al menos impotente. Lo que quiere, no lo puede. Quizá, pensándolo bien, no lo quiere lo suficiente. Quizá no amamos lo suficiente la vida. ¿Ha observado usted que sólo la muerte despierta nuestros sentimientos? ¡Cuánto queremos a los amigos que acaban de dejarnos! ¿No es cierto? ¡Cuánto admiramos a los maestros que ya no hablan porque tienen la boca llena de tierra! Entonces el homenaje brota espontáneamente, ese homenaje que quizá habían esperado de nosotros durante todas su vida. ¿Pero sabe usted por qué somos más justos y generosos con los muertos? La razón es muy sencilla. Con ellos no tenemos obligaciones. Nos dejan libres, podemos tomarnos todo el tiempo que queramos, colocar el homenaje entre un cóctel y una querida afectuosa, a ratos perdidos, en suma. Si a algo nos obligan sería a la memoria, y tenemos la memoria demasiado corta. ¡No, el amigo que queremos es el muerto fresco, el muerto doloroso, queremos nuestra emoción, nos queremos a nosotros mismos, vaya!

*ALBERT CAMUS

DEL ORIGEN Y LA ANTIGÜEDAD DEL GRAN PANTAGRUEL | *FRANÇOIS RABELAIS + *GUSTAVE DORÉ

*GUSTAVE DORÉ

No será cosa inútil ni ociosa, dado que nos sobra tiempo, recordaros la primera fuente y origen de la que nos nació el buen Pantagruel: pues veo que todos los buenos historiógrafos así han compuesto sus crónicas, no sólo los árabes, bárbaros y latinos, sino también los griegos y los gentiles, que fueron sempiternos bebedores.

Os conviene, por consiguiente, anotar que en los comienzos del mundo —me remonto a muy lejos, hace más de cuarenta cuarentenas de noches, por contar a la moda de los antiguos druidas—, poco después que Abel muriera a manos de su hermano Caín, la tierra embebida de la sangre del justo fue cierto año muy fértil en todas las clases de frutos que sus flancos produjeron, y en especial en nísperos, que por eso se lo llamó, según se recuerda, el año de los nísperos gruesos, pues cada tres pesaban una arroba.

En éste las calendas fueron halladas en los breviarios de los griegos. El mes de marzo cayó en cuaresma, y fue mitad de agosto en mayo. En el mes de octubre, me parece, o bien en septiembre —por no errar, pues de esto querría cuidadosamente guardarme—, fue la semana, tan famosa en los anales, que se llama la semana de los tres jueves, pues en ella hubo tres, a causa de los irregulares bisiestos , en que el sol se movió un poco, como debitoribus, a la izquierda, y la luna varió su curso en más de cinco toesas, y fue manifiestamente visto el movimiento de trepidación en el firmamento, llamado aplane, de tal manera que la Pléyade media, abandonando a sus compañeras, declinó hacia la Equinoccial, y la estrella llamada Epi abandonó a la Virgen, retirándose hacia la Balanza, que son muy espantables hechos y materias tan duras y difícilesque los astrólogos no son capaces de morder en ellas: ¡muy largos habrían de ser sus dientes si pudieran llegar hasta eso!

Imaginad que todo el mundo comió con gran satisfacción los mencionados nísperos, porque eran hermosos a la vista y de sabor delicioso; pero lo mismo que Noé, el santo varón —hacia quien tanto agradecimiento sentimos por haber plantado la viña, de la cual procede el nectárico, delicioso, precioso, celeste, alegre y deífico licor que se denomina morapio—, se engañó al beberlo, porque ignoraba la alta virtud y poder de éste, lo mismo les sucedió a los hombres y mujeres de aquel tiempo, que comieron con gran placer de este hermoso y grueso fruto.

Pero a los que así lo hicieron acaeciéronles muy diversos accidentes, porque a todos ellos sus cuerpos se les hincharon horriblemente, aunque no a todos en un mismo lugar. A unos se les hinchó el vientre, y el vientre se les volvía jorobado igual que un grueso tonel, de los que está escrito: Ventrem omnipotentem, los cuales fueron todos gentes de bien y grandes zumbones, y de esta raza nacieron san Barrigón y Carnestolendas. Otros se hinchaban por las espaldas, y eran tan jorobados que los denominaban montíferos o portamontañas, de los cuales todavía veis en el mundo de diversos secos y dignidades, y de esta raza surgió Esopo, cuyos altos hechos y dichos tenéis por escrito.

Otros se hinchaban a lo largo, por el miembro que se conoce como el trabajador de natura, de manera que lo tenían maravillosamente largo, grande, gordo, lozano y con la cresta erguida al modo antiguo, tanto que servían de él como cinturón, dándose cinco o seis vueltas alrededor del cuerpo, y si ocurría que se encontrara a punto y tuviera el viento en popa, al verlos hubierais dicho que se trataba de gentes que tenían sus lanzas en ristre dispuestas para justar al estafermo. Y de éstos se ha perdido la raza, según aseguran las mujeres, pues ellas se lamentan continuamente de que

no quedan ya gordos como ésos…

            Ya conocéis el resto de la canción.

Otros crecían tan enormemente en materia de compañones que los tres llenaban bien un almudí. De éstos descendieron los compañones de Lorena, los cuales nunca habitan en bragueta, sino que caen hasta el fondo de las calzas.

Otros crecían por las piernas, y al verlos hubierais dicho que se trataba de grullas o de flamencos, o bien de gente andando sobre zancos, y a quienes los pedantes llamaban, en gramática, jambus.

A otros la nariz les crecía tanto que parecía cuello de alambique de colores diversos, llena de bubas, pululante, purpurada, achispada, esmaltada, granuda y bordada de gules, como podéis haber visto en el canónigo Panzudo y en Patapalo, médico de Angers, en cuya raza pocos fueron los que amaron la tisana y en cambio todos fueron aficionados al mosto setembrino. Nasón y Ovidio procedían de ellos, y todos aquellos de quienes se ha escrito: Ne reminiscaris.

Otros crecían por las orejas, las cuales tenían tan desarrolladas que de una hacían jubón, calzas y sayo, y con la otra se tapaban como si fuera capa a la española, y se dice que en el Borbonesado todavía dura la raza, y las llaman orejas de borbonés.

Otros crecían en largura de cuerpo. Y de éstos procedieron los gigantes, y por ellos Pantagruel:

y el primero fue Chalbrot,

que engendró a Sarabrot,

que engendró a Faribrot,

que engendró a Hurtaly, que fue muy aficionado comedor de sopas y reinó en tiempos del diluvio,

que engendró a Nemrod,

que engendró a Atlas, quien con sus hombros impidió que el cielo se cayera,

que engendró a Goliat,

que engendró a Erix, el cual fue el inventor del juego de los cubiletes,

que engendró a Tito,

que engendró a Orión,

que engendró a Polifemo,

que engendró a Caco,

que engendró a Etión, el cual fue el primero que padeció gálico, por no haber bebido frío en verano, como atestigua Bartachim,

que engendró a Encelado,

que engendró a Ceo,

que engendró a Tifoé,

que engendró a Aloe,

que engendró a Otón,

que engendró a Egeón,

que engendró a Briareo, que tenía cien manos,

que engendró a Porfirio,

que engendró a Adamástor,

que engendró a Anteo,

que engendró a Agato,

que engendró a Poro, contra el cual combatió Alejandro el Grande,

que engendró a Arantas,

que engendró a Gabbara, el primero que inventó el beber para pasar el rato,

que engendró a Goliat de Secundille,

que engendró a Ofot, el cual poseyó una terrible y hermosa nariz para beber a barril,

que engendró a Artaqueo,

que engendró a Oromedón,

que engendró a Gemmagog, que fue el inventor de los zapatos a la polaca,

que engendró a Sísifo,

que engendró a los Titanes, de quienes nació Hércules,

que engendró a Enac, que fue muy experto en quitar las durezas de las manos,

que engendró a Fierabrás, el cual fue vencido por Oliveros, par de Francia y compañero de Roldán,

que engendró a Morgante, quien fue el primero en este mundo que jugó a los dados con anteojos,

que engendró a Fracasus, de quien ha escrito Merlín Concayo,

de quien nació Ferragut,

que engendró a Papamoscas, el primero que inventó ahumar la lengua de buey en la chumenea, pues antes todo el mundo las salaba como se hace con los jamones,

que engendró a Bolivorax,

que engendró a Longis,

que engendró a Gayofo, el cual tenía los compañones de álamo y la verga de acerolo,

que engendró a Masticahambres,

que engendró a Quemahierro,

que engendró a Tragavientos,

que engendró a Galeoto, el cual inventó los frascos,

que engendró a Mirelangault,

que engendró a Galafio,

que engendró a Falurdino,

que engendró a Roboastro,

que engendró a Sortibrant de Conimbres,

que engendró a Brushant de Mommière,

que engendró a Bruyero, quien fue vencido por Ogier el Danés, par de Francia,

que engendró a Mabrun,

que engendró a Futasnon,

que engendró a Hacquelebac,

que engendró a Vergadegrano,

que engendró a Gaznategrande,

que engendró a Gargantúa,

que engendró al noble Pantagruel, mi amo.

Comprendo bien que, al leer este pasaje, se os presente una duda razonable y os preguntéis: ¿Cómo es posible que sea así, dado que en el tiempo del diluvio todo el mundo pereció, excepto Noé y siete personas que se hallaban con él dentro del arca, entre quienes no figura el susodicho Hurtaly?

La pregunta está bien hecha, sin duda, y es muy adecuada; pero la respuesta os contentará, o yo tengo la razón mal calafateada. Y como en aquel tiempo yo no estaba allí para contároslo como fuera mi deseo, alegaré la autoridad de los masoretas, buenos calzonazos y hermosos gaiteros hebreos, los cuales afirman que verdaderamente el susodicho Hurtaly no estaba dentro del arca de Noé, porque no podía entrar en ella por ser demasiado grande, pero estaba encima a caballo, una pierna aquí y otra allá, como los niños en los caballitos de madera, y como el grueso Toro de Berna, que fue muerto en Marignan, cabalgaba por montura un grueso cañón pedrero, que es un animal de hermoso y alegre amblar, sin tacha alguna. De esta manera salvó, después de Dios, a la citada arca de perderse, pues él la movía con sus piernas y con el pie la giraba hacia donde quería, como se hace con el timón de un barco. Los que estaban dentro le enviaban víveres bastantes por una chimenea, como gente agradecida por el bien que les hacía, y a veces parlamentaban juntos, como hacía Icaromenipo con Júpiter, según el relato de Luciano.

¿Habéis comprendido bien todo esto? Bebed, pues, un buen trago sin agua. Pues si no lo creéis, «yo tampoco, dijo ella».

*FRANÇOIS RABELAIS

*GUSTAVE DORÉ