EL DERBY DE KENTUCKY ES DECADENTE Y DEPRAVADO | *HUNTER S. THOMPSON + *RALPH STEADMAN

*RALPH STEADMAN

(…)

Me desperté alrededor de las 10.30 del lunes en la mañana por un chirrido que provenía de la puerta. Me apoyé en la cama y abrí la cortina lo suficiente para distinguir a Steadman afuera. “¿Qué mierda quieres?”, le grité.

“¿Qué hay del desayuno?”, dijo.

Me levanté y traté de abrir la puerta, pero se quedó atascada por la cadena de noche y se volvió a cerrar. ¡No fui capaz de sacar la cadena! No había caso con ella, así que la rompí con una furiosa sacudida de la puerta. Ralph no se inmutó. “Mala suerte”, dijo.

Apenas podía ver algo.   Tenía los ojos tan hinchados que casi no podía abrirlos y la brusca irrupción de la luz a través de la puerta me dejó aturdido e indefenso como un topo enfermo. Steadman estaba farfullando acerca de náuseas y el terrible calor; me senté en la cama y traté de enfocarme en él mientras se movía alrededor del cuarto de forma extraña, hasta que, repentinamente, sacó una Colt.45 y apuntó con ella a un cubo de cerveza. “Cristo”, dije, “Estás perdiendo el control.”

Él asintió mientras rompía la tapa de la botella, tomando un largo trago. “¿Sabes? Este lugar es realmente espantoso” dijo finalmente. “Tengo que salir de aquí…” Él movió su cabeza con nerviosismo. “El avión sale a las tres treinta, pero no sé si podré soportarlo”.

Casi no podía oír lo que decía.  Finalmente mis ojos se habían abierto lo bastante para enfocarme en el espejo que estaba al otro lado del cuarto y quedé sorprendido al reconocer lo que vi en él. Por un momento pensé que Ralph había traído a alguien, un modelo perfecto de esa cara que habíamos estado buscando. Ahí estaba, por Dios, una caricatura hinchada, devastada por el alcohol, enfermiza… la horrible versión animada de una vieja foto, arrancada al álbum familiar de una orgullosa madre. Era la cara que habíamos estado buscando, y era, por supuesto, la mía. Horrible, horrible…

“Quizás deba dormir un rato más”, le dije. “¿Por qué no vas al Pueblo del Pescado y la Carne y comes algo de ese pescado podrido y esas papas fritas? Luego regresas acá y me despiertas cerca del mediodía. Me siento demasiado cerca de la muerte para salir a la calle ahora.”

Él movió su cabeza. “No… no… creo que iré a mi cuarto y trabajaré con los bocetos un rato”. Él fue a sacar dos latas más del cubo. “Intenté trabajar antes”, dijo, “pero mis manos estaban temblando… Es terrible, terrible”.

“Tienes que dejar de beber”, le dije.

Él asintió. “Lo sé. No es bueno, no es para nada bueno. Pero por alguna razón me hace sentir mejor…”

“No por mucho”, le dije. “Tú vas a caer en una especie de histérico     Delirium Tremens esta noche, probablemente justo cuando te toque tomar el avión en Kennedy. Ellos te pondrán una camisa de fuerza para reducirte y te arrastrarán hacia Las Tumbas antes de golpearte en los riñones con grandes palos una y otra vez, hasta que te calmes.”

Él se encogió de hombros y se fue, cerrando la puerta detrás suyo. Regresé a la cama por otra hora, y más tarde, después del jugo diario de pomelo tomado a la carrera en el Nite Owl Food Mart, tuvimos nuestro última comida en el Pueblo del Pescado y la Carne: un fino almuerzo de pasta con interiores de res, freídos en abundante grasa.

Para ese momento Ralph ya no ordenaba café; se mantenía pidiendo sólo agua. “Es la única cosa que tienen aquí apta para consumo humano”,   explicó. Luego, con una hora o más por matar antes que él tomara el avión, pusimos los dibujos sobre la mesa y los examinamos un buen rato, preguntándonos si él había captado el espíritu del Derby… pero no pudimos decidirnos. Sus manos temblaban tanto que él tenía problemas para sostener los papeles, y mi vista estaba tan borrosa que apenas podía ver lo que había dibujado Ralph. “Mierda”, dije. “Ambos estamos peor que cualquier cosa que hayas dibujado tú aquí”.

Él sonrió. “¿Sabes? He estado pensando sobre eso”, dijo. “Vinimos aquí para contemplar un espectáculo terrible: gente vuelta loca y vomitando sobre sí misma y todo eso… y ahora, ¿sabes qué? Somos nosotros…”

Un gran Pontiac Ballbuster vuela a través del tráfico en plena carretera.

Un boletín nacional de noticias informa que la Guardia Nacional está masacrando estudiantes en Ken State y que Nixon continúa bombardeando Camboya. El periodista conduce, ignorando a su pasajero, que ahora está casi desnudo tras sacarse la mayor parte de su ropa, que sostiene contra la ventana, con el fin de quitar el olor del Mace. Sus ojos están enrojecidos y su cara y su pecho están empapados con cerveza, que él ha usado para limpiarse del horroroso químico que tiene pegado en la piel. La parte delantera de sus pantalones de lana está húmeda con vómito; su cuerpo es remecido por violentos accesos de tos y ahogados sollozos. El periodista conduce el inmenso auto a través del tráfico y se estaciona enfrente del Terminal, abre la puerta del lado del pasajero y empuja al inglés, gritando: “¡Lárgate, marica! ¡Hijo de puta pervertido! [ríe enloquecido] ¡Si te vuelvo a encontrar te patearé todo el camino hasta Bowling Green, basura extranjera! ¡El Mace es demasiado bueno para ti!… Podemos arreglárnoslas sin tipos como tú en Kentucky.”

*HUNTER S. THOMPSON

 

*RALPH STEADMAN

DEPORTE REY | MIGUELO GUARDIOLA + *RALPH STEADMAN

*RALPH STEADMAN

Era bastante bochornoso contemplar a aquellos hombres adultos profiriendo todo tipo de barbaridades desde la grada, mientras sus hijos se batían el cobre en aquella absurda competición. Al principio me sentía a salvo, oculto tras la trinchera del teleobjetivo que había acoplado a mi vieja Leica, pero todo era tan invasivo que al final casi me vi forzado a convertirme en uno de ellos. Salí un momento a los pasillos internos tras las gradas, con la intención de desintoxicarme un poco del ambiente y, por qué no, comprar unos torreznos. Esos torreznos son, casi con total seguridad, lo mejor de este estadio. Salivo mares sólo con pensar en ese cucurucho de papel que se torna en ventana gracias a la magia de la grasa. En serio, si alguna vez venís por aquí, merece la pena acercarse, aunque solo sea por este humilde manjar.

Mis pasos dieron por fin con el improvisado quiosquillo donde Ruth y Melqui despachaban el porcino maná. Para mi sorpresa y mi desgracia, tuve que cagarme muchísimo en Dios y en la puta madre que parió a la carrera de mierda. Resulta que justo hoy no vendían chicle de cerdo porque, como es el puto derbi de los cojones, les tienen prohibido comerciar con cualquier producto que pueda herir la sensibilidad de los participantes. ¿Prohíben eso, pero la ley obliga a que los padres de los competidores tengan al menos una relación de tercer grado de consanguinidad y se quedan tan tranquilos?

Finalmente regresé a mi esquinita a pie de pista, con una infantil e insulsa bolsa de gusanitos sabor kétchup en una mano y un refresco sabor aspartamo en la otra. Como era previsible, los competidores apenas habían avanzado en su transcurrir por el aburrido circuito. El sonido de su fatigosa respiración de bulldog, los aullidos de sus progenitores, la engolada voz del comentarista y las vuvuzelas se mezclaban, ejecutando la banda sonora perfecta para inmolarse.

En mitad del tedio, algo conmocionó al comentarista, puesto que dejó de impostar su machacona voz, sacándome de mi ensimismamiento. Se estaba produciendo un adelantamiento teóricamente espectacular, Matthew VI de Inglaterra estaba pasando a Gerlach VIII de Holanda justo en una curva. Los siguientes quince minutos de carrera fueron exactamente igual de espectaculares, hasta que ambos consiguieron salir de la curva. Aproveché aquel momento de emoción para sacar unas cuantas instantáneas, a ver si conseguía cumplir con el cupo de treinta imágenes buenas que me pedía el periódico para sacar la noticia y actualizar el archivo.

Comprendía el interés que suscitaba la carrera, pero de verdad que era algo insoportable y además bastante desagradable. Hay algo en mi ética que no termina de aceptar que se someta a niños de tres años a un proceso tan vergonzante cada vez que muere un monarca. Además que qué niños, todos enfermos, deformes y sufriendo las consecuencias de la endogamia disfrazada de pureza de sangre. Y al final se les hace correr, bueno, si es que a eso se le puede llamar correr, en un circuito ovalado, hasta que alguno complete tres míseras vueltas. Algún año ha pasado que ninguno ha sobrevivido habiendo logrado acabar la carrera, así que ese año otra vez elecciones y espérate a ver si no hay que volver a votar al año siguiente, que como no haya descendencia en edad de competir estamos jodidos. La verdad es que siempre apoyé el fin de la democracia tal como la conocíamos, pero creo que se nos ha ido de las manos. ¿Hemos acabado con las guerras? Sí. ¿Hemos evitado los comentarios tocapelotas de tu cuñado en las cenas de navidad? Sí. Ahora que todo está supeditado al deporte rey, nunca mejor dicho, hemos eliminado todos los conflictos políticos humanos, pero nos hemos convertido en una especie miserable, más aún si cabe.

En fin, parece que este derbi lo va a terminar ganando un Borbón, otra vez.

MIGUELO GUARDIOLA

lajaimademiguelo.blogspot.com

XXI; DE LA ISLA CYRIL | *ALFRED JARRY

A Marcel Schwob

                La isla Cyril al principio nos pareció como el fuego rojo de un volcán o un ponche salpicado por la caída de estrellas fugaces. Luego vimos que era móvil, acorazada y cuadrangular, con una hélice en cada uno de sus ángulos, al extremo de los cuatro semidiagonales de ejes independientes, que le imponían todas las direcciones. Cuando una bala de cañón arrancó a Bosse-de-Nage la oreja derecha y cuatro dientes, supimos que nos hallábamos a la distancia de un tiro de cañón de la isla.

«¡Ha, ha!» —balbuceó el papión, pero un cilindro-cono de acero sobre su apófisis zigomática izquierda hizo desandar camino a su tercera palabra. Y sin esperar más amplia respuesta, la isla cinética izó la calavera y las tibias y Faustroll izó el pabellón de la Gran Panza.

Luego de esos saludos, el doctor bebió gin alegremente con el capitán Kid y logró disuadirlo de incendiar el as (el cual, a pesar de su barnizado de parafina, era incombustible) y de colgarnos, a Bosse-de-Nage y a mí de la gran verga, pues el as no tenía gran verga.

Nos pusimos de acuerdo, pescamos monos en un río ante el desmandibulado horror de Bosse-de-Nage, y visitamos el interior de la isla.

Como el resplandor rojo del volcán llega a cegar, se termina por ver sólo una oscuridad sin reflejos, pero, para seguir la opaca ondulación de la lava deslumbrante, hay niños que recorren la isla provistos de lámparas. Nacen y mueren sin edad entre los restos de las lanchas apolilladas, al borde de una corriente verde botella. Los veladores yerran a la manera de cangrejos glaucos y rosas; y en las tierras más alejadas, donde nos refugiamos apresuradamente a causa de las bestias marinas que devastan las arenas del reflujo, duermen sus sombrillas color de tiempo. Las lámparas y el volcán exhalan una luz lívida, como el farol de la barca de los limbos.

Después de beber, el capitán, regocijado con su bigote curvo, con el cálamo de su cimitarra de abordaje y una tinta mezcla de pólvora y gin, tatuó en la frente de nuestro grumete de económicos discursos; estas palabras azules: BOSSE-DE-NAGE, CINOCÉFALO PAPIÓN; y volvió a encender su pipa en la lava y ordenó a los niños-luciérnagas que escoltaran al as hasta la costa. …y el adiós de las palabras de Kid y de las sombrías luces como medusas de esmeralda.

*ALFRED JARRY

EJERCICIOS DE ESTILO; NOTACIONES | *RAYMOND QUENEAU

        En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.

Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: «Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo.» Le indica dónde (en el escote) y por qué.

*RAYMOND QUENEAU

LA CONTINGENCIA DE LOS ANTÍLOPES | PABLO LAVILLA + CABEZADEDOLOR + *HENRY MORTON STANLEY

CABEZADEDOLOR

En el verano de 1882, recordado en la cultura occidental como “el verano de la tisis”, Joseph Thomson terminaba sus estudios de geología aplicada por la Universidad de Aberdeen, con casi todo notables. Debido a su inmaculado expediente (sin tener en cuenta un percance con cobalto ionizado en el que se vio involucrado durante su segundo año, en el que no hubo demasiados muertos, pero sí un par de lastimados), recibió una beca Kilt para viajar al África oriental, más concretamente a la región de Tarzania, y acompañar al profesor James Augustus Grant en una expedición de mes y medio por la sabana, con el objetivo de descubrir un puñado de especies animales, vegetales y, ya puestos a descubrir, también minerales, para pegar un pelotazo nacionalgeográfico y así pasar a los anales.

Partirían la primavera próxima, y viajarían con lo puesto: tres camisas, dos pantalones (uno corto y otro largo), un chaquetón por si refresca, cuatro pares de calcetines, otro par de mudas limpias, un rifle Winchester para compartir, un plano de Sarajevo, un cuaderno de apuntes y el salacot reglamentario. Saldrían del puerto de Liverpool en mayo del ’83 rumbo Amberes, y de ahí una macedonia de ferrocarriles hasta el puerto otomano de Tesalónica, donde embarcarían de nuevo para surcar medio mediterráneo, atravesar el canal de Suez, y así hasta el puerto de Zanzíbar; un paseíto.

Las relaciones entre Thomson y el profesor Grant fueron tensas casi desde que se conocieron, allá en Aberdeen: Sucedió un día que Grant paseaba por la facultad con su pipa rebosante de tabaco, pero acusando una inoportuna carestía de fósforos cuando, fortuitamente, se topó en uno de los pasillos con el jovencísimo Thomson y fue a pedirle una cerilla, a lo que este último le respondió con un áspero “Fumar es para volcanes” y una carcajada fea. Desde entonces Grant no tragó al estúpido de Thomson y ahora, como tutor suyo en pleno descampado subsahariano, tendría la oportunidad de cobrar su venganza. Claro que de esto Thomson no tiene ni idea.

Atracaron en Zanzíbar el cuatro de junio de 1883. El cielo estaba encapotado y caía una ligera y fresca llovizna típica de un martes cualquiera en Stirling. Thomson dijo algo así como: “Vaya, me imaginaba que esto iba a estar lleno de negros”, a lo que Mowutu, el bosquimano que sería su guía y salvoconducto respondió: “Para ustedes, nosotros somos los negros, pero es una forma de hablar. Aquí los negros son ustedes”. Thomson se sonrojó y no dijo nada más, pero Grant enseñó los dientes con inquina en una mueca maliciosa disfrazada de sonrisa.

Al día siguiente, en el desayuno, conocieron a los porteadores, siete pigmeos albinos llamados todos ellos Tuc, que agarraron todos los bártulos y enseres y los cargaron en sus diminutos lomos, demostrando una fuerza sobreenana. Y cuando se terminó el café salieron todos juntos detrás de Mowutu a paso contento, hacia lo oficialmente inexplorado.

La primera semana no pasó apenas nada. Acampaban al raso unas noches y, cuando les cogía de camino, pernoctaban en algún motel. Un día vieron un lagarto color pistacho con la cara rosa y una cresta de espinas a lo largo del cráneo por la que segregaba una substancia pringosa que servía de remedio para la alopecia; pero pasó tan rápido que a Thomson no le dio tiempo a dibujarlo y, en su lugar, apuntó en el cuaderno: “Iguana rara”, y Grant le sancionó con una reprimenda que se prolongaría durante todo el camino.

La segunda semana casi más de lo mismo. Un día se encontraron con una cebra a medio comer. Apenas llegaba a tercio de cebra, si tal un cuarto de cuarto trasero de cebra. Los mosquitos se habían comido ya a dos Tucs y Grant increpó reiteradamente a Thomson por haberse dejado olvidado el repelente en Amberes.

Finalmente, en la jornada dieciséis, arribaron a la sabana de Tarzania, en la orilla sur del Kilimanjaro. Un pedazo de secarral hasta donde alcanza la mirada. Thomson dijo: “¿Esto es, en serio?”, y Mowutu respondió: “Esta es la tierra sagrada de mis ancestros, coto de caza y recolección desde que el hombre tiene pelo”.  Esta vez Thomson no se ruborizó ni nada, sino que contraatacó: “Pues parece un planeta rocoso”. Grant intervino: “Las acacias de por aquí son maravillosas. Su sistema de defensa es algo único en la familia de las fabáceas”. Mowutu dijo: “Pues si no te gusta mi país, tú y yo tenemos un problema”. Thomson agarró el Winchester prestado y encañonó al nativo. “¡Pero qué haces, animal!”, dijo Grant. Y Thompson resolvió: “Aquí no hay más que paja seca y putos ñus”. Y apretó el gatillo. Un fogonazo bajo el sol del Serengueti, y Mowutu cayó muerto. Tuc anunció: “¡Ha matado a Mowutu, hijo de puta!”, y se abalanzó, cuchillo de sílex en mano, a la garganta de Thomson. “¡Espera!” gritó Grant, y un segundo fogonazo dejó tieso al pigmeo. El resto de Tucs hizo un amago de atacar a los rostropálidos, pero Tuc, el más cobarde de ellos, salió huyendo y Tuc, Tuc y Tuc no tuvieron más valor que él, y le siguieron. “¿Quién va a cargar ahora con mi mochila?” dijo Grant a Thomson, a modo de reprimenda. “De todas formas se lo han llevado consigo, así que tampoco es problema”, solucionó el becario.

Durante las siguientes semanas su suerte no mejoró demasiado. Vagando solos por la sabana, sin agua ni provisiones, los problemas entre ellos no hicieron más que crecer. Un día incluso discutieron porque Grant descubrió que el plano de Sarajevo era anterior a la remodelación urbanística a la que fue sometida a principios del siglo XVII bajo el dominio de los turcos, antes del tranvía, y las ofertas de propaganda de los bazares y las tabernas de kebab estaban obsoletas.

En el trayecto, Thomson registró la tierra que iban pisando y apuntaba: “Arcillosa, rojiza, normal”.  Nada destacable. Y James Augustus, como naturalista que era, anotaba en su propio cuaderno: “La naturaleza de por aquí me resulta del todo natural. Los herbívoros pacen y rumian más o menos según los cánones. Los carnívoros, por su parte, devoran al resto. A todos nos toca el turno de ser devorados”. Nada destacable.

Así pasaron nosecuántos días más.

De pronto, el profesor Grant dormía la siesta a la sombra de una acacia cuando Thomson se alejó, apurado, para aliviar sus tripas tras un atracón de drupas silvestres. Y, desalojando el intestino, se percató de que frente a sus mismas narices una suerte de cabra extraña hacía lo propio, también puesta en cuclillas.

“Vaya… em… Hola”, dijo Thomson entonces. “Jua jua… sí… Hola”, contestó la cabra extraña. “Qué situación, ¿eh?”, bromeó Thomson. “Ya te digo”, secundó la otra. “Bueno”, dijo Thomson, soltando las últimas virutas, “Yo soy Thomson, soy un escocés”. “Mira tú por dónde”, respondió la cabra con acento del Kalahari, “Yo también soy Thomson, pero soy una gacela”. “Vaya”, dijo Thomson, dudoso, “No sabía”.

De esto que, de entre los matorrales, aparece el profesor James Augustus Grant, con cara de recién despertado, y exclama: “¡Pero qué es esto!”. Y Thomson dice: “Es una gacela, y se lama Thomson, como yo”. Grant parpadea, perplejo, y dice: “¿Una gacela? ¿Cómo una gacela?”. Y Thomson, la gacela, dice: “¡Hola, soy Thomson!”. El profesor suelta una carcajada histérica y grita: “¡Eureka! ¡La encontré! ¡La nueva especie que andaba buscando! ¡Una gacela, nada menos! ¡Con este descubrimiento pasaré a los anales! La llamaré gacela de Grant, en mi honor, por supuesto, ni que decir tiene, para que la posteridad recuerde lo que sufrí para dar a la humanidad el conocimiento de semejante criatura”.

Thomson y Thomson se miran estupefactos y, de súbito, un fiero león sale de la maleza. “Disculpad”, dice el león, “Siento interrumpir, pero, por casualidad, ¿no habréis visto un pedazo de cebra que tenía por aquí a medio comer? Estaba ahí mismo, Sali a regurgitar el íleon para volvérmelo a comer, y cuando vuelvo para acabar con el morcillo, que es, de hecho, lo que más me gusta, me encuentro con una cabra extraña y dos chimpancés pelados cagándose en mi salón”, rugió: “Y ni rastro de mi morcillo”.

Entonces Grant, del todo diplomático, propuso: “Puedes comerte a ése, si quieres”, señalando al Thomson bípedo, “Está algo flacucho y apesta, pero saciará tu apetito, aunque bien no sea un morcillo”, y añadió: “La gacela déjamela a mí, si no te importa, y con el dinero de los royalties que gane por el hallazgo te enviaré cada mes una piara de reses angus de Aberdeen bien morcillosas, para que te pongas gordo y púo”.

El león regateó: “¿Y si os devoro a todos ahora mismo y santas pascuas?”

Y salieron todos despavoridos y con el culo sucio, huyendo del león.

Pasaron las semanas, y Grant, Thomson y Thomson continuaron su vagabundaje por la sabana sin mucho plan. Un día, Grant preguntó a Thomson: “¿Y hay más gacelas como tú?”. A lo que Thomson respondió: “No soy una gacela, soy escocés”. “No tú. Tú”, replicó Grant. “Pues claro que hay más gacelas como yo”, aclaró Thomson, “Y todas nos llamamos Thomson”. “¡Como yo!”, dijo Thomson. “Pero eso no puede ser”, protestó Grant, “¿Cómo sabéis de qué Thomson habláis cuando habláis de un Thomson cualquiera?”. “No lo sé; lo sabemos”, respondió Thomson.

Quiso la providencia que cierto día, una tarde, después de un copioso almuerzo a base de drupas y raíces, sestearan Grant y Thomson a la sombra de una acacia cuando Thomson, el bípedo escocés, se alejara para evacuar su barriga entre los matojos. Encontró un buen sitio, no demasiado apartado, con vistas a la sabana, y ahí mismo destapó el esfínter occipital para erigir un hito fecal.

Apenas había depositado media carga cuando notó que, a su lado, una suerte de cabra extraña hacía lo propio en postura similar.

“Uy… vaya”, mencionó Thomson. “Juju jujuy… sí… vaya”, respondió la cabra extraña. “No te imaginas la cantidad de veces que me pasa esto últimamente”, señaló Thomson. “Sí ¿no?”, desdeñó la otra. “Tal que así”, reiteró Thomson, soltando un pedete. “Yo soy Thomson, soy un escocés”. “Pues vaya” contestó la cabra con acento de Mombasa, “Yo soy una gacela, y me llamo Grant”. “Venga ya”, dijo Thomson, alegre, “Conozco a un tipo que también se llama Grant”.

Y resulta que, sin avisar, irrumpen en la sabana Grant y Thomson, con cara de recién despertados. Grant dice: ¿Y esto?. Y Thomson responde: “Se llama Grant, como tú, y es una gacela”. “Como yo”, apunta Thomson. Grant pestañea un par de veces o tres, y dice: ¿Una gacela? ¿Cómo una gacela? ¿Otra gacela? ¿Otra distinta? ¡Soy un genio! ¡Otra gacela de Grant, la gacela de Grant granti, también en mi honor, y granti por ser más grande que la anterior!”.

Thomson dice: “Un momento”, y Thomson dice: “No es más grande, es más gorda”, a lo que Grant replica: “No estoy gorda, estoy fornida”, y Grant dice: “Es más grande porque más grande es el logro de descubrir dos especies de gacelas de Grant, que sólo una”, y Thomson continúa: “¡Yo he descubierto a las dos gacelas, así como quien caga, y únicamente la segunda se llama Grant”, y Grant: “¡Yo”, y entonces Thomson dice: “A mi no me ha descubierto nadie, yo soy autodidacta”, y Grant sentencia: “¡Aquí yo soy quien descubre y dice qué se descubre y, sobre todo, quién lo descubre, y digo que he descubierto a la jodida gacela de Grant y a la no menos jodida gacela de Grant granti, y sois tú y tú. Y tú”, señala entonces a Thomson con un índice roñoso y amenazante, “Tú me vas a comer los cojones”.

Agarró Grant el Winchester y apuntó con él a Thomson. Thomson levantó las palmas, indefenso. Thomson empuñó una lanza masái que ocultaba camuflada en su cornamenta y señaló con ella a Grant. Grant, por su parte, se limpió el culo con unos hierbajos y contempló la escena, rumiando.

Apenas sucedió en un instante, y resulta que, según diversos testimonios, Thomson dijo: “Repartámonos el descubrimiento, Grant para ti, y para mí, Thomson”, a lo que Grant repuso: “Ni de coña, Thomson fue primero. Thomson para mí, y Grant también, y ahora mismo te pego un tiro”, y Thomson: “Vale, Thomson para ti, pero déjame a Grant, por lo menos. Yo también me he pegado la caminata, y me viene de perlas para el currículo”. Grant dice: ¿Qué les pasa a estos palmípedos?”, y Thomson le responde: “Estiran sus pescuezos como las zarafas para demostrar al resto quién lo tiene más largo”. Y Grant dijo: “¿Qué más me ofreces?

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió a partir de entonces, Thomson fue recordado por descubrir la gacela Thomson, y Grant por descubrir la gacela de Grant. Ambos murieron en 1892, en circunstancias del todo cotidianas. Habían mantenido un tempestuoso romance desde que se instalaran en Londres en otoño del ‘84 que los llevó, paulatinamente, al delirio y la histeria mórbida. En el informe forense de ambos casos se reflejó como: “una mera cistitis”.

PABLO LAVILLA

*HENRY MORTON STANLEY