EL MITO DE SÍSIFO | *ALBERT CAMUS + *FRANZ VON STUCK

*FRANZ VON STUCK

Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre la asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes. Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor.

Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. Le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí, irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, al gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal. Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por el cuello, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca.

Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura.

Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio.

Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní. Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe. Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: «A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien». El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievsky, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno.

No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha: «¡Eh, cómo! ¿Por caminos tan estrechos…?» Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. «Juzgo que todo está bien», dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo feroz y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado. Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y la afición a los dolores inútiles. Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres.

Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En el universo vuelto de pronto su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol ni sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos, no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando.

Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Él también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

*ALBERT CAMUS

FRAGMENTOS DE ‘LA CAÍDA’ | *ALBERT CAMUS + CABEZADEDOLOR

CABEZADEDOLOR

(…) La amistad es menos simple. Se alcanza con dificultad y tiempo, pero cuando se consigue ya no hay manera de deshacerse de ella, hay que afrontarla. Aunque no vaya a creerse que sus amigos le telefonearán todas las noches, como deberían hacerlo, para averiguar si se trata precisamente de la noche en que tiene pensado suicidarse, o simplemente para saber si necesita compañía, o si tiene ganas de salir. No, pierda usted cuidado, si telefonean será la noche en que no está usted solo, cuando la vida es bella. (…) Pero no es fácil, porque la amistad es distraída, o al menos impotente. Lo que quiere, no lo puede. Quizá, pensándolo bien, no lo quiere lo suficiente. Quizá no amamos lo suficiente la vida. ¿Ha observado usted que sólo la muerte despierta nuestros sentimientos? ¡Cuánto queremos a los amigos que acaban de dejarnos! ¿No es cierto? ¡Cuánto admiramos a los maestros que ya no hablan porque tienen la boca llena de tierra! Entonces el homenaje brota espontáneamente, ese homenaje que quizá habían esperado de nosotros durante todas su vida. ¿Pero sabe usted por qué somos más justos y generosos con los muertos? La razón es muy sencilla. Con ellos no tenemos obligaciones. Nos dejan libres, podemos tomarnos todo el tiempo que queramos, colocar el homenaje entre un cóctel y una querida afectuosa, a ratos perdidos, en suma. Si a algo nos obligan sería a la memoria, y tenemos la memoria demasiado corta. ¡No, el amigo que queremos es el muerto fresco, el muerto doloroso, queremos nuestra emoción, nos queremos a nosotros mismos, vaya!

*ALBERT CAMUS

DEL ORIGEN Y LA ANTIGÜEDAD DEL GRAN PANTAGRUEL | *FRANÇOIS RABELAIS + *GUSTAVE DORÉ

*GUSTAVE DORÉ

No será cosa inútil ni ociosa, dado que nos sobra tiempo, recordaros la primera fuente y origen de la que nos nació el buen Pantagruel: pues veo que todos los buenos historiógrafos así han compuesto sus crónicas, no sólo los árabes, bárbaros y latinos, sino también los griegos y los gentiles, que fueron sempiternos bebedores.

Os conviene, por consiguiente, anotar que en los comienzos del mundo —me remonto a muy lejos, hace más de cuarenta cuarentenas de noches, por contar a la moda de los antiguos druidas—, poco después que Abel muriera a manos de su hermano Caín, la tierra embebida de la sangre del justo fue cierto año muy fértil en todas las clases de frutos que sus flancos produjeron, y en especial en nísperos, que por eso se lo llamó, según se recuerda, el año de los nísperos gruesos, pues cada tres pesaban una arroba.

En éste las calendas fueron halladas en los breviarios de los griegos. El mes de marzo cayó en cuaresma, y fue mitad de agosto en mayo. En el mes de octubre, me parece, o bien en septiembre —por no errar, pues de esto querría cuidadosamente guardarme—, fue la semana, tan famosa en los anales, que se llama la semana de los tres jueves, pues en ella hubo tres, a causa de los irregulares bisiestos , en que el sol se movió un poco, como debitoribus, a la izquierda, y la luna varió su curso en más de cinco toesas, y fue manifiestamente visto el movimiento de trepidación en el firmamento, llamado aplane, de tal manera que la Pléyade media, abandonando a sus compañeras, declinó hacia la Equinoccial, y la estrella llamada Epi abandonó a la Virgen, retirándose hacia la Balanza, que son muy espantables hechos y materias tan duras y difícilesque los astrólogos no son capaces de morder en ellas: ¡muy largos habrían de ser sus dientes si pudieran llegar hasta eso!

Imaginad que todo el mundo comió con gran satisfacción los mencionados nísperos, porque eran hermosos a la vista y de sabor delicioso; pero lo mismo que Noé, el santo varón —hacia quien tanto agradecimiento sentimos por haber plantado la viña, de la cual procede el nectárico, delicioso, precioso, celeste, alegre y deífico licor que se denomina morapio—, se engañó al beberlo, porque ignoraba la alta virtud y poder de éste, lo mismo les sucedió a los hombres y mujeres de aquel tiempo, que comieron con gran placer de este hermoso y grueso fruto.

Pero a los que así lo hicieron acaeciéronles muy diversos accidentes, porque a todos ellos sus cuerpos se les hincharon horriblemente, aunque no a todos en un mismo lugar. A unos se les hinchó el vientre, y el vientre se les volvía jorobado igual que un grueso tonel, de los que está escrito: Ventrem omnipotentem, los cuales fueron todos gentes de bien y grandes zumbones, y de esta raza nacieron san Barrigón y Carnestolendas. Otros se hinchaban por las espaldas, y eran tan jorobados que los denominaban montíferos o portamontañas, de los cuales todavía veis en el mundo de diversos secos y dignidades, y de esta raza surgió Esopo, cuyos altos hechos y dichos tenéis por escrito.

Otros se hinchaban a lo largo, por el miembro que se conoce como el trabajador de natura, de manera que lo tenían maravillosamente largo, grande, gordo, lozano y con la cresta erguida al modo antiguo, tanto que servían de él como cinturón, dándose cinco o seis vueltas alrededor del cuerpo, y si ocurría que se encontrara a punto y tuviera el viento en popa, al verlos hubierais dicho que se trataba de gentes que tenían sus lanzas en ristre dispuestas para justar al estafermo. Y de éstos se ha perdido la raza, según aseguran las mujeres, pues ellas se lamentan continuamente de que

no quedan ya gordos como ésos…

            Ya conocéis el resto de la canción.

Otros crecían tan enormemente en materia de compañones que los tres llenaban bien un almudí. De éstos descendieron los compañones de Lorena, los cuales nunca habitan en bragueta, sino que caen hasta el fondo de las calzas.

Otros crecían por las piernas, y al verlos hubierais dicho que se trataba de grullas o de flamencos, o bien de gente andando sobre zancos, y a quienes los pedantes llamaban, en gramática, jambus.

A otros la nariz les crecía tanto que parecía cuello de alambique de colores diversos, llena de bubas, pululante, purpurada, achispada, esmaltada, granuda y bordada de gules, como podéis haber visto en el canónigo Panzudo y en Patapalo, médico de Angers, en cuya raza pocos fueron los que amaron la tisana y en cambio todos fueron aficionados al mosto setembrino. Nasón y Ovidio procedían de ellos, y todos aquellos de quienes se ha escrito: Ne reminiscaris.

Otros crecían por las orejas, las cuales tenían tan desarrolladas que de una hacían jubón, calzas y sayo, y con la otra se tapaban como si fuera capa a la española, y se dice que en el Borbonesado todavía dura la raza, y las llaman orejas de borbonés.

Otros crecían en largura de cuerpo. Y de éstos procedieron los gigantes, y por ellos Pantagruel:

y el primero fue Chalbrot,

que engendró a Sarabrot,

que engendró a Faribrot,

que engendró a Hurtaly, que fue muy aficionado comedor de sopas y reinó en tiempos del diluvio,

que engendró a Nemrod,

que engendró a Atlas, quien con sus hombros impidió que el cielo se cayera,

que engendró a Goliat,

que engendró a Erix, el cual fue el inventor del juego de los cubiletes,

que engendró a Tito,

que engendró a Orión,

que engendró a Polifemo,

que engendró a Caco,

que engendró a Etión, el cual fue el primero que padeció gálico, por no haber bebido frío en verano, como atestigua Bartachim,

que engendró a Encelado,

que engendró a Ceo,

que engendró a Tifoé,

que engendró a Aloe,

que engendró a Otón,

que engendró a Egeón,

que engendró a Briareo, que tenía cien manos,

que engendró a Porfirio,

que engendró a Adamástor,

que engendró a Anteo,

que engendró a Agato,

que engendró a Poro, contra el cual combatió Alejandro el Grande,

que engendró a Arantas,

que engendró a Gabbara, el primero que inventó el beber para pasar el rato,

que engendró a Goliat de Secundille,

que engendró a Ofot, el cual poseyó una terrible y hermosa nariz para beber a barril,

que engendró a Artaqueo,

que engendró a Oromedón,

que engendró a Gemmagog, que fue el inventor de los zapatos a la polaca,

que engendró a Sísifo,

que engendró a los Titanes, de quienes nació Hércules,

que engendró a Enac, que fue muy experto en quitar las durezas de las manos,

que engendró a Fierabrás, el cual fue vencido por Oliveros, par de Francia y compañero de Roldán,

que engendró a Morgante, quien fue el primero en este mundo que jugó a los dados con anteojos,

que engendró a Fracasus, de quien ha escrito Merlín Concayo,

de quien nació Ferragut,

que engendró a Papamoscas, el primero que inventó ahumar la lengua de buey en la chumenea, pues antes todo el mundo las salaba como se hace con los jamones,

que engendró a Bolivorax,

que engendró a Longis,

que engendró a Gayofo, el cual tenía los compañones de álamo y la verga de acerolo,

que engendró a Masticahambres,

que engendró a Quemahierro,

que engendró a Tragavientos,

que engendró a Galeoto, el cual inventó los frascos,

que engendró a Mirelangault,

que engendró a Galafio,

que engendró a Falurdino,

que engendró a Roboastro,

que engendró a Sortibrant de Conimbres,

que engendró a Brushant de Mommière,

que engendró a Bruyero, quien fue vencido por Ogier el Danés, par de Francia,

que engendró a Mabrun,

que engendró a Futasnon,

que engendró a Hacquelebac,

que engendró a Vergadegrano,

que engendró a Gaznategrande,

que engendró a Gargantúa,

que engendró al noble Pantagruel, mi amo.

Comprendo bien que, al leer este pasaje, se os presente una duda razonable y os preguntéis: ¿Cómo es posible que sea así, dado que en el tiempo del diluvio todo el mundo pereció, excepto Noé y siete personas que se hallaban con él dentro del arca, entre quienes no figura el susodicho Hurtaly?

La pregunta está bien hecha, sin duda, y es muy adecuada; pero la respuesta os contentará, o yo tengo la razón mal calafateada. Y como en aquel tiempo yo no estaba allí para contároslo como fuera mi deseo, alegaré la autoridad de los masoretas, buenos calzonazos y hermosos gaiteros hebreos, los cuales afirman que verdaderamente el susodicho Hurtaly no estaba dentro del arca de Noé, porque no podía entrar en ella por ser demasiado grande, pero estaba encima a caballo, una pierna aquí y otra allá, como los niños en los caballitos de madera, y como el grueso Toro de Berna, que fue muerto en Marignan, cabalgaba por montura un grueso cañón pedrero, que es un animal de hermoso y alegre amblar, sin tacha alguna. De esta manera salvó, después de Dios, a la citada arca de perderse, pues él la movía con sus piernas y con el pie la giraba hacia donde quería, como se hace con el timón de un barco. Los que estaban dentro le enviaban víveres bastantes por una chimenea, como gente agradecida por el bien que les hacía, y a veces parlamentaban juntos, como hacía Icaromenipo con Júpiter, según el relato de Luciano.

¿Habéis comprendido bien todo esto? Bebed, pues, un buen trago sin agua. Pues si no lo creéis, «yo tampoco, dijo ella».

*FRANÇOIS RABELAIS

*GUSTAVE DORÉ

MI NARIZ | *LUIGI PIRANDELLO + CABEZADEDOLOR

CABEZADEDOLOR

¿Y los demás? Los demás no están en absoluto dentro de mí. Para los demás, que miran desde fuera, mis ideas, mis sentimientos tienen una nariz. Mi nariz. Y tienen un par de ojos, mis ojos, que yo no veo y que ellos ven. ¿Qué relación existe entre mis ideas y mi nariz? Para mí, ninguna. Yo no pienso con la nariz, ni me preocupo de ella al pensar. Pero, ¿y para los demás? ¿Los demás que no pueden ver dentro de mí mis ideas y ven desde fuera mi nariz? Para los demás, la relación entre mis ideas y mi nariz es tan íntima, que si aquéllas, supongamos, fueran muy serias y ésta por su forma muy ridícula, se echarían a reír.

*LUIGI PIRANDELLO

CAPÍTULO LVIII | MIGUEL DE CERDESPUÉS + CABEZADEDOLOR

CABEZADEDOLOR

«Los resplandores menores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la modestia, yo digo que es la gratitud, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los gratos está vacío el cielo. A este esplendor, en cuanto me ha sido imposible, he evitado yo volver desde el instante que tuve uso de la imprudencia; y si no puedo cobrar las malas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar la displicencia de hacerlas, y cuando ésta no sobra, las publico; porque quien calla y publica las malas obras que recibe, también las sancionará con otras, si pudiera; porque, por la menor parte, los que reciben son superiores a los que dan; y así, es el diablo bajo nadie, porque es despojador bajo nadie, y no pueden corresponder las represalias del hombre a las del diablo con desafuero, por finita afinidad; y esta gordura y dilación, en incierto modo, la endosa la indiferencia. Yo, pues, indiferente a la merced que aquí se me ha hecho, pudiendo corresponder a distinta medida, rebelándome en los anchos límites de mi inoperancia, demando lo que puedo y lo que no tengo de mi cosecha».

MIGUEL DE CERDESPUÉS