#3 *DERBI | ene19

con la participación (*usurpada) de *FRANCISCO DE GOYA; JJ; *JUAN ABARCA; LORENZO CARLINI; *EUGÈNE IONESCO; PABLO LAVILLA; CABEZADEDOLOR; *HENRY MORTON STANLEY; *RAYMOND QUENEAU; *JULIO CORTÁZAR; LA INFAMIA; ILUSTRE MANDARINA; LUPITA DINGUE; *ALFRED JARRY; MIGUEL DE CERDESPUÉS; *LUIGI PIRANDELLO; *VINCENT VAN GOGH; NOELIA C. BUENO; CLARA QUINTANA SILVA; *FRANÇOIS RABELAIS; *GUSTAVE DORÉ; *ALBERT CAMUS; MIGUELO GUARDIOLA; *HUNTER S. THOMPSON; *RALPH STEADMAN; UN QUÍDAM CONTINGENTE Y NECESARIO & LOS MONOS ESPACIALES DE INDUSTRIAS CLINAMEN

LA CANTANTE CALVA; ESCENA I | *EUGÈNE IONESCO

Estreno de ‘La cantatrice chauve’; Once de mayo de mil novecientos cincuenta; Théâtre des Noctambules (París)

PERSONAJES:

Señor y Señora Smith

Señor y Señora Martin

Mary, la sirvienta

El capitán de los bomberos


Interior burgués in­glés, con sillones ingleses. Velada inglesa. El SEÑOR SMITH, inglés, en su sillón y con sus zapatillas ingle­sas, fuma su pipa inglesa y lee un diario inglés, junto a una chimenea inglesa. Tiene anteojos ingleses y un bigotito gris inglés. A su lado, en otro sillón inglés, la SEÑORA SMITH, ingle­sa, remienda unos calceti­nes ingleses. Un largo momento de silencio inglés. El reloj de chimenea inglés hace oír diecisiete toques ingleses.

SRA. SMITH        ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Las patatas están muy bien con tocino, y el aceite de la ensalada no estaba rancio. El aceite del almacenero de la esquina es de mu­cha mejor calidad que el aceite del almacenero de enfrente, y también me­jor que el aceite del almacenero del final de la cuesta. Pero con ello no quiero decir que el aceite de aquéllos sea malo.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Sin embargo, el aceite del almacenero de la esquina si­gue siendo el mejor.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Esta vez Mary ha co­cido bien las patatas. La vez anterior no las había cocido bien. A mí no me gustan sino cuando están bien coci­das.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        El pescado era fresco. Me he chupado los dedos. Lo he repetido dos veces. No, tres veces. Eso me hace ir al retrete. Tú también has comido tres raciones. Sin embargo, la tercera vez has tomado menos que las dos primeras, en tanto que yo he to­mado mucho más. Esta noche he comido mejor que tú. ¿Cómo es eso? Ordinariamente eres tú quien come más. No es el apetito lo que te falta.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        No obstante, la sopa estaba quizás un poco demasiado sa­lada. Tenía más sal que tú. ¡Ja, ja! Tenía también demasiados puerros y no las cebollas suficientes- Lamento no haberle aconsejado a Mary que le añadiera un poco de anís estrellado. La próxima vez me ocuparé de ello.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Nuestro rapazuelo habría querido beber cerveza, le gus­taría beberla a grandes tragos, pues se te parece. ¿Has visto cómo en la mesa tenía la vista fija en la botella? Pero yo vertí en su vaso agua de la garrafa. Tenía sed y la bebió. Elena se parece a mí: es buena mujer de su casa, econó­mica, y toca el piano. Nunca pide de beber cerveza inglesa. Es como nues­tra hijita, que sólo bebe leche y no come más que gachas. Se ve que sólo tiene dos años. Se llama Peggy. La tarta de membrillo y de frijoles estaba formidable. Tal vez habría estado bien beber, en el postre, un vasito de vino de Borgoña australiano, pero no he llevado el vino a la mesa para no dar a los niños un mal ejemplo de gula. Hay que enseñarles a ser sobrios y mesu­rados en la vida.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        La señora Parker co­noce un almacenero rumano, llamado Popesco Rosenfeld, que acaba de llegar de Constantinopla. Es un gran especialista en yogur. Posee diploma de la escuela de fabricantes de yogur de Andrinópolis. Mañana iré a comprarle una gran olla de yogur rumano folkló­rico. No hay con frecuencia cosas como ésa aquí, en los alrededores de Londres.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        El yogur es exce­lente para el estómago, los riñones, el apéndice y la apoteosis. Eso es lo que me dijo el doctor Mackenzie-King, que atiende a los niños de nuestros veci­nos, los Johns. Es un buen médico. Se puede tener confianza en él. Nunca re­comienda más medicamentos que los que ha experimentado él mismo. Antes de operar a Parker se hizo operar el hí­gado sin estar enfermo.

SMITH Pero, entonces, ¿cómo es posible que el doctor saliera bien de la operación y Parker muriera a consecuencia de ella?

SRA. SMITH        Porque la operación dio buen resultado en el caso del doc­tor y no en el de Parker.

SMITH Entonces Mackenzie no es un buen médico. La operación habría debido dar buen resultado en los dos o los dos habrían debido morir.

SRA. SMITH        ¿Por qué?

SMITH Un médico concien­zudo debe morir con el enfermo si no pueden curarse juntos. El capitán de un barco perece con el barco, en el agua. No le sobrevive.

SRA. SMITH        No se puede com­parar a un enfermo con un barco

SMITH ¿Por qué no? El barco tiene también sus enferme­dades; además tu doctor es tan sano como un barco; también por eso debía perecer al mismo tiempo que el enfermo, como el doctor y su barco.

SRA. SMITH        ¡Ah! ¡No había pen­sado en eso!… Tal vez sea justo… Entonces, ¿cuál es tu conclusión?

SMITH Que todos los docto­res no son más que charlatanes. Y también todos los enfermos. Sólo la marina es honrada en Inglaterra.

SRA. SMITH        Pero no los marinos.

SMITH Naturalmente.

Pausa.

SMITH (sigue leyendo el diario) Hay algo que no comprendo. ¿Por qué en la sección del registro civil del diario dan siempre la edad de las personas muertas y nunca la de los re­cién nacidos? Es absurdo.

SRA. SMITH        ¡Nunca me lo había preguntado!

Otro momento de silencio. El reloj suena siete veces. Silencio. El re­loj suena tres veces. Silencio. El reloj no suena ninguna vez.

SMITH (siempre absorto en su dia­rio) Mira, aquí dice que Bobby Watson ha muerto.

SRA. SMITH        ¡Oh, Dios mío! ¡Po­bre! ¿Cuándo ha muerto?

SMITH ¿Por qué pones esa cara de asombro? Lo sabías muy bien. Murió hace dos años. Recuerda que asistimos a su entierro hace año y medio.

SRA. SMITH        Claro está que lo re­cuerdo. Lo recordé enseguida, pero no comprendo por qué te has mostrado tan sorprendido al ver eso en el diario.

SMITH Eso no estaba en el diario. Hace ya tres años que hablaron de su muerte. ¡Lo he recordado por asociación de ideas!

SRA. SMITH        ¡Qué lástimas! Se conservaba tan bien.

SMITH Era el cadáver más lindo de Gran Bretaña. No represen­taba la edad que tenía. Pobre Bobby, llevaba cuatro años muerto y estaba todavía caliente. Era un verdadero cadáver viviente. ¡Y qué alegre era!

SRA. SMITH        La pobre Bobby.

SMITH Querrás decir «el» pobre Bobby.

SRA. SMITH        No, me refiero a su mujer. Se llama Bobby como él, Bobby Watson. Como tenían el mismo nom­bre no se les podía distinguir cuando se les veía juntos. Sólo después de la muerte de él se pudo saber con seguri­dad quién era el uno y quién la otra. Sin embargo, todavía al presente hay personas que la confunden con el muerto y le dan el pésame. ¿La cono­ces?

SMITH Sólo la he visto una vez, por casualidad, en el entierro de Bobby.

SRA. SMITH        Yo no la he visto nunca. ¿Es bella?

SMITH Tiene facciones re­gulares, pero no se puede decir que sea bella. Es demasiado grande y dema­siado fuerte. Sus facciones no son regulares, pero se puede decir que es muy bella. Es un poco excesivamente pequeña y delgada y profesora de canto.

El reloj suena cinco veces. Pausa larga.

SRA. SMITH        ¿Y cuándo van a ca­sarse los dos?

SMITH En la primavera próxima lo más tarde.

SRA. SMITH        Sin duda habrá que ir a su casamiento.

SMITH Habrá que hacerles un regalo de boda. Me pregunto cuál.

SRA. SMITH        ¿Por qué no hemos de regalarles una de las siete bandejas de plata que nos regalaron cuando nos casamos y nunca nos han servido para nada?… Es triste para ella haberse quedado viuda tan joven.

SMITH Por suerte no han tenido hijos

SRA. SMITH        ¡Sólo les falta eso! ¡Hijos! ¡Pobre mujer, qué abrís hecho con ellos!

SMITH Es todavía joven. Muy bien puede volver a casare. El luto le sienta bien.

SRA. SMITH        ¿Pero quién cuidará de sus hijos? Sabes muy bien que tie­nen un muchacho y una muchacha. ¿Cómo se llaman?

SMITH Bobby y Bobby, como sus padres. El tío Bobby Watson, el viejo Bobby Watson, es rico y quiere al muchacho. Muy bien podría encar­garse de la educación de Bobby.

SRA. SMITH        Sería natural. Y la tía de Bobby Watson, la vieja Bobby Watson, podría muy bien, a su vez, en­cargarse de la educación de Bobby Watson, la hija de Bobby Watson. Así la mamá de Bobby Watson, Bobby, po­dría volver a casarse. ¿Tiene a alguien en vista?

SMITH Sí, a un primo de Bobby Watson.

SRA. SMITH        ¿Quién? ¿Bobby Watson?

SMITH ¿De qué Bobby Watson hablas?

SRA. SMITH        De Bobby Watson, el hijo del viejo Bobby Watson, el otro tío de Bobby Watson, el muerto.

SMITH No, no es ése, es otro. Es Bobby Watson, el hijo de la vieja Bobby Watson, la tía de Bobby Watson, el muerto.

SRA. SMITH        ¿Te refieres a Bobby Watson el viajante de comercio?

SMITH Todos los Bobby Watson son viajantes de comercio.

SRA. SMITH        ¡Qué oficio duro! Sin embargo, se hacen buenos negocios.

SMITH Sí, cuando no hay competencia.

SRA. SMITH        ¿Y cuándo no hay competencia?

SMITH Los martes, jueves y martes.

SRA. SMITH        ¿Tres días por se­mana? ¿Y qué hace Bobby Watson du­rante ese tiempo?

SRA. SMITH        ¿Pero por qué no trabaja durante esos tres días si no hay competencia?

SMITH Descansa, duerme.

SMITH No puedo saberlo todo. ¡No puedo responder a todas tus preguntas idiotas!

SRA. SMITH (ofendida) ¿Dices eso para humillarme?

SMITH (sonriente) Sabes muy bien que no.

SRA. SMITH        ¡Todos los hombres son iguales! Os quedáis ahí durante todo el día, con el cigarrillo en la boca, o bien armáis un escándalo y ponéis morros cincuenta veces al día, si no os dedicáis a beber sin interrupción.

SMITH ¿Pero qué dirías si vieses a los hombres hacer como las mujeres, fumar durante todo el día, empolvarse, ponerse rouge en los la­bios, beber whisky?

SRA. SMITH        Yo me río de todo eso. Pero si lo dices para molestarme, entonces… ¡Sabes bien que no me gus­tan las bromas de esa clase!

Arroja muy lejos los calcetines y muestra los dientes. Se levanta.

SMITH (se levanta también y se acerca a su esposa, tiernamente) ¡Oh, mi pollita asada! ¿Por qué escupes fuego? Sabes muy bien que lo digo por reír. (La toma por la cintura y la abraza) ¡Qué ridícula pareja de vie­jos enamorados formamos! Ven, vamos a apaciguarnos y acostarnos.

*EUGÈNE IONESCO

LAS AVENTURAS DE PANOCCHIO; PRELUDIO | LORENZO CARLINI

1973. En algún lugar del espacio aéreo del condado de San Luis, Misuri, un piloto agrícola llamado Frank engulle un pastelillo de crema de maní a mil pies sobre los campos de maíz híbrido. En su contrato, se establece explícitamente que realiza labores de fumigación de lo más rutinarias, y eso es lo que Frank dice a sus compinches de La Gamba Roja, en Creve Coeur, cuando se beben unas pintas: que simple, sencilla y llanamente, fumiga. Pero lo que Frank ignora es que, entre la pluritura de substancias y productos que él mismo reparte en diásporas por los campos de Misuri con su M18 Dromader de fabricación polaca, se encuentra oculto un curioso componente; un extraño medicamento sintetizado en un laboratorio secreto, quizá también de Polonia, del que no sabemos más nada. Al margen de todo esto, en su fuero interno, Frank se imagina a sí mismo como el último piloto en vuelo de un escuadrón aéreo derribado por el fuego de artillería jemer en la II Guerra de Indochina, cuya misión es sanear con napalm los latifundios de Cambodia. Y así es como Frank finge que se divierte, y así palia la rutina, pero en realidad lo único que hace es regar con estelas químicas los cultivos de gramíneas.

LORENZO CARLINI

DERBI | *JUAN ABARCA

(…) Porque claro, a todos los que estamos aquí nos la suda el fútbol, ¿no? Porque si no… si no es que es difícil. Entonces, pues nada, en el fútbol hay una palabra que hay como muy añeja, suena como a colonia de puticlub, que es la palabra derbi. Derbi, ¿no? juegan dos equipos del mismo sitio, es un derbi. Un derbi. ¿de dónde han sacao esa palabra? Entonces un día se me hinchó la vena y me puse a escribir co­sas a las que me sonaba la palabra derbi:

Derbi suena como a barón dandy. Derbi suena como cuando una persona que apenas tiene para comer se fuma un puro. Derbi suena como a camionero parado en un puticlub de carretera. Derbi suena como al abuelo paterno de Matías Prats padre. Derbi suena como a las peores frustraciones que haya conocido el corazón de Antonio Alcántara. Derbi suena como a nodo. Derbi suena como al sirviente que lleva a cuestas los palos de golf del señorito. Derbi suena como cuando Paco Rabal se mea en las manos en Los santos inocentes. Derbi suena como a llegar el lunes a la oficina, ver que to­dos los compañeros se hacen gestos de complicidad y no tener ni puta idea de qué ostias está pasando. Derbi suena como a mear en parábola sobre el Manzanares desde un puente. Derbi suena como a la honda tristeza que se siente cuando te cuentan el chiste del perro llamado Mistetas. Derbi suena como a mucha gente gritando como monos. Derbi suena como a una injus­ticia cruel y macabra infligida sobre un varón de catorce años en un país remoto de la que no queda rastro al­guno en ningún lugar. Derbi suena como a peli porno con los matojos sin depilar. Derbi suena como a matón de colegio robándole el bocadillo a uno con gafas. Derbi suena a tanga mas­culino promocional con el logo de Philips. Derbi suena como a dos per­sonas, una delante de otra, hablán­dose a gritos a la vez, y sin escuchar ni una palabra de lo que dice el otro. Derbi suena como cuando llegan cua­tro tipos a un bar y piden un carajillo, un patxarán, un Sol y sombra y un DYC. Derbi suena como un disco de Parchís rallado. Derbi suena a “llevo toda la semana aguantando a un jefe cabrón, no follo nunca y me quiero mo­rir”. Derbi suena como cuando ves una raja de chorizo de Pamplona tirada en el suelo, pisada por varias generacio­nes, y no te planteas cogerla, pero te entra hambre. Derbi suena como a un sitio decorado con estampados de leo­pardo y cebra en el que huele muy mal. Derbi suena como a callejón sucísimo con manchas de sangre seca en las pa­redes y el suelo provocadas por una salvaje pelea en la que varias personas resultaron heridas de gravedad, algu­nas de ellas en estado crítico, fruto de una discusión estúpida por nada. Derbi suena como a estar muy pen­diente de una cosa muy triste que no sirve para nada.

Y hasta aquí algunas resonan­cias de derbi. Con los dos primeros fascículos, las tapas de regalo. Esto último también ha sonao a derbi. Todo suena a derbi.

*JUAN ABARCA

DERBI | UN QUÍDAM CONTINGENTE Y NECESARIO

Miércoles cientos noventa y dos. En una remota localidad se juega un derbi. Un tipo pelea con la alcachofa de la ducha por un poquirriquitín más de agua caliente mientras se afilan sus pezones. En el piso de encima, otro se debate entre calcetines negros o marrones o esos de rayas o unas chancletas, y el bus que se le va y, mientras tanto, los pies descalzos. Porque claro. Y entonces en la otra parte del mundo a un cualquiera cualesquiera le podría pasar más bien lo mismo o, por supuesto, cualquier otra cosa, y de ahí este cuajo por la vida que llevan algunos  (no digo nada) o los que escriben con un pedazo de trozo de tiza en su propio postálamo los consejos que uno no le daría ni a su adversario natural más acérrimo. Y por eso la contingencia básica se da, principescamente, entre individuos monocéfalos o, dicho en una palabra, monocéfalos. Y dale. Acto primero:  Por ejemplo. Me peleé conmigo mismo por comerme la última chocolatina. Me di un garrotazo en la cabeza usando un garrote y la cabeza y me noqueé, tal que así de tranquilamente. Al final la compartimos, pero me quedé con hambre. Y por eso esta mala baba, y que tenga las comisuras sucias y como manchadas de caca. Prepucio: Antes de ello, el técnico de vodafone había discutido consigo mismo delante de mí, por un asunto penelopesco que se traían con el cable de la fibra óptica y, mientras uno lo desenredaba con vehemencia, el otro se inventaba nudos y entuertos por el otro extremo. Como en un derbi: la lucha en casa y el vecino es enemigo como enemigo es el alcalde y yo no soy ni esto, ni aquello, ni lo otro y al final me comí una señal de las que ponen por las calles para regular la circulación como los yogures, y ésta se dobló con el contorno de mi narizota y yo caí muerto como el coyote de los cartunes. Manual del hombre recto, capítulo primero, introsucción: Recto significa Orto. Y al revés. Y así. Me tragué el pipo de una aceituna siendo bebé y ahora se piensan que soy un chico. Pues no. Dos personas se enfrentan por ver quién pasa primero y la grada eufórica. Y otra vez. Como la disyuntiva entre comerse la piza precocinada a medio cocer o esperar a que se calcine, o como cortarse la uña del cuarto dedo del pie después de haber reñido con él por una chorrada en la que ninguno llevaba la razón. Pues es que hay veces que uno se lo piensa, y bien se podría vivir sin índice, ni apéndice, ni cuarta pared. Y hay veces en las que el guarda jurado que te protege te regala un bolagoma y va y te salta un ojo: ¡Gol! Y otro tuerto para vender boletos. Lo corriente, después de todo, es el empate tácito, es decir, la derrota mutua sin victoria para nadie; y por esa misma razón los arcos de triunfo no tienen sentido en ningún sitio, como sí lo tendría, por ejemplo, el dejar el alcantarillado sin tapar, y que decida la coyuntura. Dos chelovecos con arena hasta los tobillos y no más que sendas porras portátiles. Y nada, que eso. Que se juega derbi.

UN QUÍDAM CONTINGENTE Y NECESARIO