EJERCICIOS DE ESTILO; NOTACIONES | *RAYMOND QUENEAU

        En el S, a una hora de tráfico. Un tipo de unos veintiséis años, sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta, cuello muy largo como si se lo hubiesen estirado. La gente baja. El tipo en cuestión se enfada con un vecino. Le reprocha que lo empuje cada vez que pasa alguien. Tono llorón que se las da de duro. Al ver un sitio libre, se precipita sobre él.

Dos horas más tarde, lo encuentro en la plaza de Roma, delante de la estación de Saint-Lazare. Está con un compañero que le dice: «Deberías hacerte poner un botón más en el abrigo.» Le indica dónde (en el escote) y por qué.

*RAYMOND QUENEAU

LA CONTINGENCIA DE LOS ANTÍLOPES | PABLO LAVILLA + CABEZADEDOLOR + *HENRY MORTON STANLEY

CABEZADEDOLOR

En el verano de 1882, recordado en la cultura occidental como “el verano de la tisis”, Joseph Thomson terminaba sus estudios de geología aplicada por la Universidad de Aberdeen, con casi todo notables. Debido a su inmaculado expediente (sin tener en cuenta un percance con cobalto ionizado en el que se vio involucrado durante su segundo año, en el que no hubo demasiados muertos, pero sí un par de lastimados), recibió una beca Kilt para viajar al África oriental, más concretamente a la región de Tarzania, y acompañar al profesor James Augustus Grant en una expedición de mes y medio por la sabana, con el objetivo de descubrir un puñado de especies animales, vegetales y, ya puestos a descubrir, también minerales, para pegar un pelotazo nacionalgeográfico y así pasar a los anales.

Partirían la primavera próxima, y viajarían con lo puesto: tres camisas, dos pantalones (uno corto y otro largo), un chaquetón por si refresca, cuatro pares de calcetines, otro par de mudas limpias, un rifle Winchester para compartir, un plano de Sarajevo, un cuaderno de apuntes y el salacot reglamentario. Saldrían del puerto de Liverpool en mayo del ’83 rumbo Amberes, y de ahí una macedonia de ferrocarriles hasta el puerto otomano de Tesalónica, donde embarcarían de nuevo para surcar medio mediterráneo, atravesar el canal de Suez, y así hasta el puerto de Zanzíbar; un paseíto.

Las relaciones entre Thomson y el profesor Grant fueron tensas casi desde que se conocieron, allá en Aberdeen: Sucedió un día que Grant paseaba por la facultad con su pipa rebosante de tabaco, pero acusando una inoportuna carestía de fósforos cuando, fortuitamente, se topó en uno de los pasillos con el jovencísimo Thomson y fue a pedirle una cerilla, a lo que este último le respondió con un áspero “Fumar es para volcanes” y una carcajada fea. Desde entonces Grant no tragó al estúpido de Thomson y ahora, como tutor suyo en pleno descampado subsahariano, tendría la oportunidad de cobrar su venganza. Claro que de esto Thomson no tiene ni idea.

Atracaron en Zanzíbar el cuatro de junio de 1883. El cielo estaba encapotado y caía una ligera y fresca llovizna típica de un martes cualquiera en Stirling. Thomson dijo algo así como: “Vaya, me imaginaba que esto iba a estar lleno de negros”, a lo que Mowutu, el bosquimano que sería su guía y salvoconducto respondió: “Para ustedes, nosotros somos los negros, pero es una forma de hablar. Aquí los negros son ustedes”. Thomson se sonrojó y no dijo nada más, pero Grant enseñó los dientes con inquina en una mueca maliciosa disfrazada de sonrisa.

Al día siguiente, en el desayuno, conocieron a los porteadores, siete pigmeos albinos llamados todos ellos Tuc, que agarraron todos los bártulos y enseres y los cargaron en sus diminutos lomos, demostrando una fuerza sobreenana. Y cuando se terminó el café salieron todos juntos detrás de Mowutu a paso contento, hacia lo oficialmente inexplorado.

La primera semana no pasó apenas nada. Acampaban al raso unas noches y, cuando les cogía de camino, pernoctaban en algún motel. Un día vieron un lagarto color pistacho con la cara rosa y una cresta de espinas a lo largo del cráneo por la que segregaba una substancia pringosa que servía de remedio para la alopecia; pero pasó tan rápido que a Thomson no le dio tiempo a dibujarlo y, en su lugar, apuntó en el cuaderno: “Iguana rara”, y Grant le sancionó con una reprimenda que se prolongaría durante todo el camino.

La segunda semana casi más de lo mismo. Un día se encontraron con una cebra a medio comer. Apenas llegaba a tercio de cebra, si tal un cuarto de cuarto trasero de cebra. Los mosquitos se habían comido ya a dos Tucs y Grant increpó reiteradamente a Thomson por haberse dejado olvidado el repelente en Amberes.

Finalmente, en la jornada dieciséis, arribaron a la sabana de Tarzania, en la orilla sur del Kilimanjaro. Un pedazo de secarral hasta donde alcanza la mirada. Thomson dijo: “¿Esto es, en serio?”, y Mowutu respondió: “Esta es la tierra sagrada de mis ancestros, coto de caza y recolección desde que el hombre tiene pelo”.  Esta vez Thomson no se ruborizó ni nada, sino que contraatacó: “Pues parece un planeta rocoso”. Grant intervino: “Las acacias de por aquí son maravillosas. Su sistema de defensa es algo único en la familia de las fabáceas”. Mowutu dijo: “Pues si no te gusta mi país, tú y yo tenemos un problema”. Thomson agarró el Winchester prestado y encañonó al nativo. “¡Pero qué haces, animal!”, dijo Grant. Y Thompson resolvió: “Aquí no hay más que paja seca y putos ñus”. Y apretó el gatillo. Un fogonazo bajo el sol del Serengueti, y Mowutu cayó muerto. Tuc anunció: “¡Ha matado a Mowutu, hijo de puta!”, y se abalanzó, cuchillo de sílex en mano, a la garganta de Thomson. “¡Espera!” gritó Grant, y un segundo fogonazo dejó tieso al pigmeo. El resto de Tucs hizo un amago de atacar a los rostropálidos, pero Tuc, el más cobarde de ellos, salió huyendo y Tuc, Tuc y Tuc no tuvieron más valor que él, y le siguieron. “¿Quién va a cargar ahora con mi mochila?” dijo Grant a Thomson, a modo de reprimenda. “De todas formas se lo han llevado consigo, así que tampoco es problema”, solucionó el becario.

Durante las siguientes semanas su suerte no mejoró demasiado. Vagando solos por la sabana, sin agua ni provisiones, los problemas entre ellos no hicieron más que crecer. Un día incluso discutieron porque Grant descubrió que el plano de Sarajevo era anterior a la remodelación urbanística a la que fue sometida a principios del siglo XVII bajo el dominio de los turcos, antes del tranvía, y las ofertas de propaganda de los bazares y las tabernas de kebab estaban obsoletas.

En el trayecto, Thomson registró la tierra que iban pisando y apuntaba: “Arcillosa, rojiza, normal”.  Nada destacable. Y James Augustus, como naturalista que era, anotaba en su propio cuaderno: “La naturaleza de por aquí me resulta del todo natural. Los herbívoros pacen y rumian más o menos según los cánones. Los carnívoros, por su parte, devoran al resto. A todos nos toca el turno de ser devorados”. Nada destacable.

Así pasaron nosecuántos días más.

De pronto, el profesor Grant dormía la siesta a la sombra de una acacia cuando Thomson se alejó, apurado, para aliviar sus tripas tras un atracón de drupas silvestres. Y, desalojando el intestino, se percató de que frente a sus mismas narices una suerte de cabra extraña hacía lo propio, también puesta en cuclillas.

“Vaya… em… Hola”, dijo Thomson entonces. “Jua jua… sí… Hola”, contestó la cabra extraña. “Qué situación, ¿eh?”, bromeó Thomson. “Ya te digo”, secundó la otra. “Bueno”, dijo Thomson, soltando las últimas virutas, “Yo soy Thomson, soy un escocés”. “Mira tú por dónde”, respondió la cabra con acento del Kalahari, “Yo también soy Thomson, pero soy una gacela”. “Vaya”, dijo Thomson, dudoso, “No sabía”.

De esto que, de entre los matorrales, aparece el profesor James Augustus Grant, con cara de recién despertado, y exclama: “¡Pero qué es esto!”. Y Thomson dice: “Es una gacela, y se lama Thomson, como yo”. Grant parpadea, perplejo, y dice: “¿Una gacela? ¿Cómo una gacela?”. Y Thomson, la gacela, dice: “¡Hola, soy Thomson!”. El profesor suelta una carcajada histérica y grita: “¡Eureka! ¡La encontré! ¡La nueva especie que andaba buscando! ¡Una gacela, nada menos! ¡Con este descubrimiento pasaré a los anales! La llamaré gacela de Grant, en mi honor, por supuesto, ni que decir tiene, para que la posteridad recuerde lo que sufrí para dar a la humanidad el conocimiento de semejante criatura”.

Thomson y Thomson se miran estupefactos y, de súbito, un fiero león sale de la maleza. “Disculpad”, dice el león, “Siento interrumpir, pero, por casualidad, ¿no habréis visto un pedazo de cebra que tenía por aquí a medio comer? Estaba ahí mismo, Sali a regurgitar el íleon para volvérmelo a comer, y cuando vuelvo para acabar con el morcillo, que es, de hecho, lo que más me gusta, me encuentro con una cabra extraña y dos chimpancés pelados cagándose en mi salón”, rugió: “Y ni rastro de mi morcillo”.

Entonces Grant, del todo diplomático, propuso: “Puedes comerte a ése, si quieres”, señalando al Thomson bípedo, “Está algo flacucho y apesta, pero saciará tu apetito, aunque bien no sea un morcillo”, y añadió: “La gacela déjamela a mí, si no te importa, y con el dinero de los royalties que gane por el hallazgo te enviaré cada mes una piara de reses angus de Aberdeen bien morcillosas, para que te pongas gordo y púo”.

El león regateó: “¿Y si os devoro a todos ahora mismo y santas pascuas?”

Y salieron todos despavoridos y con el culo sucio, huyendo del león.

Pasaron las semanas, y Grant, Thomson y Thomson continuaron su vagabundaje por la sabana sin mucho plan. Un día, Grant preguntó a Thomson: “¿Y hay más gacelas como tú?”. A lo que Thomson respondió: “No soy una gacela, soy escocés”. “No tú. Tú”, replicó Grant. “Pues claro que hay más gacelas como yo”, aclaró Thomson, “Y todas nos llamamos Thomson”. “¡Como yo!”, dijo Thomson. “Pero eso no puede ser”, protestó Grant, “¿Cómo sabéis de qué Thomson habláis cuando habláis de un Thomson cualquiera?”. “No lo sé; lo sabemos”, respondió Thomson.

Quiso la providencia que cierto día, una tarde, después de un copioso almuerzo a base de drupas y raíces, sestearan Grant y Thomson a la sombra de una acacia cuando Thomson, el bípedo escocés, se alejara para evacuar su barriga entre los matojos. Encontró un buen sitio, no demasiado apartado, con vistas a la sabana, y ahí mismo destapó el esfínter occipital para erigir un hito fecal.

Apenas había depositado media carga cuando notó que, a su lado, una suerte de cabra extraña hacía lo propio en postura similar.

“Uy… vaya”, mencionó Thomson. “Juju jujuy… sí… vaya”, respondió la cabra extraña. “No te imaginas la cantidad de veces que me pasa esto últimamente”, señaló Thomson. “Sí ¿no?”, desdeñó la otra. “Tal que así”, reiteró Thomson, soltando un pedete. “Yo soy Thomson, soy un escocés”. “Pues vaya” contestó la cabra con acento de Mombasa, “Yo soy una gacela, y me llamo Grant”. “Venga ya”, dijo Thomson, alegre, “Conozco a un tipo que también se llama Grant”.

Y resulta que, sin avisar, irrumpen en la sabana Grant y Thomson, con cara de recién despertados. Grant dice: ¿Y esto?. Y Thomson responde: “Se llama Grant, como tú, y es una gacela”. “Como yo”, apunta Thomson. Grant pestañea un par de veces o tres, y dice: ¿Una gacela? ¿Cómo una gacela? ¿Otra gacela? ¿Otra distinta? ¡Soy un genio! ¡Otra gacela de Grant, la gacela de Grant granti, también en mi honor, y granti por ser más grande que la anterior!”.

Thomson dice: “Un momento”, y Thomson dice: “No es más grande, es más gorda”, a lo que Grant replica: “No estoy gorda, estoy fornida”, y Grant dice: “Es más grande porque más grande es el logro de descubrir dos especies de gacelas de Grant, que sólo una”, y Thomson continúa: “¡Yo he descubierto a las dos gacelas, así como quien caga, y únicamente la segunda se llama Grant”, y Grant: “¡Yo”, y entonces Thomson dice: “A mi no me ha descubierto nadie, yo soy autodidacta”, y Grant sentencia: “¡Aquí yo soy quien descubre y dice qué se descubre y, sobre todo, quién lo descubre, y digo que he descubierto a la jodida gacela de Grant y a la no menos jodida gacela de Grant granti, y sois tú y tú. Y tú”, señala entonces a Thomson con un índice roñoso y amenazante, “Tú me vas a comer los cojones”.

Agarró Grant el Winchester y apuntó con él a Thomson. Thomson levantó las palmas, indefenso. Thomson empuñó una lanza masái que ocultaba camuflada en su cornamenta y señaló con ella a Grant. Grant, por su parte, se limpió el culo con unos hierbajos y contempló la escena, rumiando.

Apenas sucedió en un instante, y resulta que, según diversos testimonios, Thomson dijo: “Repartámonos el descubrimiento, Grant para ti, y para mí, Thomson”, a lo que Grant repuso: “Ni de coña, Thomson fue primero. Thomson para mí, y Grant también, y ahora mismo te pego un tiro”, y Thomson: “Vale, Thomson para ti, pero déjame a Grant, por lo menos. Yo también me he pegado la caminata, y me viene de perlas para el currículo”. Grant dice: ¿Qué les pasa a estos palmípedos?”, y Thomson le responde: “Estiran sus pescuezos como las zarafas para demostrar al resto quién lo tiene más largo”. Y Grant dijo: “¿Qué más me ofreces?

Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió a partir de entonces, Thomson fue recordado por descubrir la gacela Thomson, y Grant por descubrir la gacela de Grant. Ambos murieron en 1892, en circunstancias del todo cotidianas. Habían mantenido un tempestuoso romance desde que se instalaran en Londres en otoño del ‘84 que los llevó, paulatinamente, al delirio y la histeria mórbida. En el informe forense de ambos casos se reflejó como: “una mera cistitis”.

PABLO LAVILLA

*HENRY MORTON STANLEY

LA CANTANTE CALVA; ESCENA I | *EUGÈNE IONESCO

Estreno de ‘La cantatrice chauve’; Once de mayo de mil novecientos cincuenta; Théâtre des Noctambules (París)

PERSONAJES:

Señor y Señora Smith

Señor y Señora Martin

Mary, la sirvienta

El capitán de los bomberos


Interior burgués in­glés, con sillones ingleses. Velada inglesa. El SEÑOR SMITH, inglés, en su sillón y con sus zapatillas ingle­sas, fuma su pipa inglesa y lee un diario inglés, junto a una chimenea inglesa. Tiene anteojos ingleses y un bigotito gris inglés. A su lado, en otro sillón inglés, la SEÑORA SMITH, ingle­sa, remienda unos calceti­nes ingleses. Un largo momento de silencio inglés. El reloj de chimenea inglés hace oír diecisiete toques ingleses.

SRA. SMITH        ¡Vaya, son las nueve! Hemos comido sopa, pescado, patatas con tocino y ensalada inglesa. Los niños han bebido agua inglesa. Hemos comido bien esta noche. Eso es porque vivimos en los suburbios de Londres y nos apellidamos Smith.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Las patatas están muy bien con tocino, y el aceite de la ensalada no estaba rancio. El aceite del almacenero de la esquina es de mu­cha mejor calidad que el aceite del almacenero de enfrente, y también me­jor que el aceite del almacenero del final de la cuesta. Pero con ello no quiero decir que el aceite de aquéllos sea malo.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Sin embargo, el aceite del almacenero de la esquina si­gue siendo el mejor.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Esta vez Mary ha co­cido bien las patatas. La vez anterior no las había cocido bien. A mí no me gustan sino cuando están bien coci­das.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        El pescado era fresco. Me he chupado los dedos. Lo he repetido dos veces. No, tres veces. Eso me hace ir al retrete. Tú también has comido tres raciones. Sin embargo, la tercera vez has tomado menos que las dos primeras, en tanto que yo he to­mado mucho más. Esta noche he comido mejor que tú. ¿Cómo es eso? Ordinariamente eres tú quien come más. No es el apetito lo que te falta.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        No obstante, la sopa estaba quizás un poco demasiado sa­lada. Tenía más sal que tú. ¡Ja, ja! Tenía también demasiados puerros y no las cebollas suficientes- Lamento no haberle aconsejado a Mary que le añadiera un poco de anís estrellado. La próxima vez me ocuparé de ello.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        Nuestro rapazuelo habría querido beber cerveza, le gus­taría beberla a grandes tragos, pues se te parece. ¿Has visto cómo en la mesa tenía la vista fija en la botella? Pero yo vertí en su vaso agua de la garrafa. Tenía sed y la bebió. Elena se parece a mí: es buena mujer de su casa, econó­mica, y toca el piano. Nunca pide de beber cerveza inglesa. Es como nues­tra hijita, que sólo bebe leche y no come más que gachas. Se ve que sólo tiene dos años. Se llama Peggy. La tarta de membrillo y de frijoles estaba formidable. Tal vez habría estado bien beber, en el postre, un vasito de vino de Borgoña australiano, pero no he llevado el vino a la mesa para no dar a los niños un mal ejemplo de gula. Hay que enseñarles a ser sobrios y mesu­rados en la vida.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        La señora Parker co­noce un almacenero rumano, llamado Popesco Rosenfeld, que acaba de llegar de Constantinopla. Es un gran especialista en yogur. Posee diploma de la escuela de fabricantes de yogur de Andrinópolis. Mañana iré a comprarle una gran olla de yogur rumano folkló­rico. No hay con frecuencia cosas como ésa aquí, en los alrededores de Londres.

SMITH (continuando su lectura, chasquea la lengua).

SRA. SMITH        El yogur es exce­lente para el estómago, los riñones, el apéndice y la apoteosis. Eso es lo que me dijo el doctor Mackenzie-King, que atiende a los niños de nuestros veci­nos, los Johns. Es un buen médico. Se puede tener confianza en él. Nunca re­comienda más medicamentos que los que ha experimentado él mismo. Antes de operar a Parker se hizo operar el hí­gado sin estar enfermo.

SMITH Pero, entonces, ¿cómo es posible que el doctor saliera bien de la operación y Parker muriera a consecuencia de ella?

SRA. SMITH        Porque la operación dio buen resultado en el caso del doc­tor y no en el de Parker.

SMITH Entonces Mackenzie no es un buen médico. La operación habría debido dar buen resultado en los dos o los dos habrían debido morir.

SRA. SMITH        ¿Por qué?

SMITH Un médico concien­zudo debe morir con el enfermo si no pueden curarse juntos. El capitán de un barco perece con el barco, en el agua. No le sobrevive.

SRA. SMITH        No se puede com­parar a un enfermo con un barco

SMITH ¿Por qué no? El barco tiene también sus enferme­dades; además tu doctor es tan sano como un barco; también por eso debía perecer al mismo tiempo que el enfermo, como el doctor y su barco.

SRA. SMITH        ¡Ah! ¡No había pen­sado en eso!… Tal vez sea justo… Entonces, ¿cuál es tu conclusión?

SMITH Que todos los docto­res no son más que charlatanes. Y también todos los enfermos. Sólo la marina es honrada en Inglaterra.

SRA. SMITH        Pero no los marinos.

SMITH Naturalmente.

Pausa.

SMITH (sigue leyendo el diario) Hay algo que no comprendo. ¿Por qué en la sección del registro civil del diario dan siempre la edad de las personas muertas y nunca la de los re­cién nacidos? Es absurdo.

SRA. SMITH        ¡Nunca me lo había preguntado!

Otro momento de silencio. El reloj suena siete veces. Silencio. El re­loj suena tres veces. Silencio. El reloj no suena ninguna vez.

SMITH (siempre absorto en su dia­rio) Mira, aquí dice que Bobby Watson ha muerto.

SRA. SMITH        ¡Oh, Dios mío! ¡Po­bre! ¿Cuándo ha muerto?

SMITH ¿Por qué pones esa cara de asombro? Lo sabías muy bien. Murió hace dos años. Recuerda que asistimos a su entierro hace año y medio.

SRA. SMITH        Claro está que lo re­cuerdo. Lo recordé enseguida, pero no comprendo por qué te has mostrado tan sorprendido al ver eso en el diario.

SMITH Eso no estaba en el diario. Hace ya tres años que hablaron de su muerte. ¡Lo he recordado por asociación de ideas!

SRA. SMITH        ¡Qué lástimas! Se conservaba tan bien.

SMITH Era el cadáver más lindo de Gran Bretaña. No represen­taba la edad que tenía. Pobre Bobby, llevaba cuatro años muerto y estaba todavía caliente. Era un verdadero cadáver viviente. ¡Y qué alegre era!

SRA. SMITH        La pobre Bobby.

SMITH Querrás decir «el» pobre Bobby.

SRA. SMITH        No, me refiero a su mujer. Se llama Bobby como él, Bobby Watson. Como tenían el mismo nom­bre no se les podía distinguir cuando se les veía juntos. Sólo después de la muerte de él se pudo saber con seguri­dad quién era el uno y quién la otra. Sin embargo, todavía al presente hay personas que la confunden con el muerto y le dan el pésame. ¿La cono­ces?

SMITH Sólo la he visto una vez, por casualidad, en el entierro de Bobby.

SRA. SMITH        Yo no la he visto nunca. ¿Es bella?

SMITH Tiene facciones re­gulares, pero no se puede decir que sea bella. Es demasiado grande y dema­siado fuerte. Sus facciones no son regulares, pero se puede decir que es muy bella. Es un poco excesivamente pequeña y delgada y profesora de canto.

El reloj suena cinco veces. Pausa larga.

SRA. SMITH        ¿Y cuándo van a ca­sarse los dos?

SMITH En la primavera próxima lo más tarde.

SRA. SMITH        Sin duda habrá que ir a su casamiento.

SMITH Habrá que hacerles un regalo de boda. Me pregunto cuál.

SRA. SMITH        ¿Por qué no hemos de regalarles una de las siete bandejas de plata que nos regalaron cuando nos casamos y nunca nos han servido para nada?… Es triste para ella haberse quedado viuda tan joven.

SMITH Por suerte no han tenido hijos

SRA. SMITH        ¡Sólo les falta eso! ¡Hijos! ¡Pobre mujer, qué abrís hecho con ellos!

SMITH Es todavía joven. Muy bien puede volver a casare. El luto le sienta bien.

SRA. SMITH        ¿Pero quién cuidará de sus hijos? Sabes muy bien que tie­nen un muchacho y una muchacha. ¿Cómo se llaman?

SMITH Bobby y Bobby, como sus padres. El tío Bobby Watson, el viejo Bobby Watson, es rico y quiere al muchacho. Muy bien podría encar­garse de la educación de Bobby.

SRA. SMITH        Sería natural. Y la tía de Bobby Watson, la vieja Bobby Watson, podría muy bien, a su vez, en­cargarse de la educación de Bobby Watson, la hija de Bobby Watson. Así la mamá de Bobby Watson, Bobby, po­dría volver a casarse. ¿Tiene a alguien en vista?

SMITH Sí, a un primo de Bobby Watson.

SRA. SMITH        ¿Quién? ¿Bobby Watson?

SMITH ¿De qué Bobby Watson hablas?

SRA. SMITH        De Bobby Watson, el hijo del viejo Bobby Watson, el otro tío de Bobby Watson, el muerto.

SMITH No, no es ése, es otro. Es Bobby Watson, el hijo de la vieja Bobby Watson, la tía de Bobby Watson, el muerto.

SRA. SMITH        ¿Te refieres a Bobby Watson el viajante de comercio?

SMITH Todos los Bobby Watson son viajantes de comercio.

SRA. SMITH        ¡Qué oficio duro! Sin embargo, se hacen buenos negocios.

SMITH Sí, cuando no hay competencia.

SRA. SMITH        ¿Y cuándo no hay competencia?

SMITH Los martes, jueves y martes.

SRA. SMITH        ¿Tres días por se­mana? ¿Y qué hace Bobby Watson du­rante ese tiempo?

SRA. SMITH        ¿Pero por qué no trabaja durante esos tres días si no hay competencia?

SMITH Descansa, duerme.

SMITH No puedo saberlo todo. ¡No puedo responder a todas tus preguntas idiotas!

SRA. SMITH (ofendida) ¿Dices eso para humillarme?

SMITH (sonriente) Sabes muy bien que no.

SRA. SMITH        ¡Todos los hombres son iguales! Os quedáis ahí durante todo el día, con el cigarrillo en la boca, o bien armáis un escándalo y ponéis morros cincuenta veces al día, si no os dedicáis a beber sin interrupción.

SMITH ¿Pero qué dirías si vieses a los hombres hacer como las mujeres, fumar durante todo el día, empolvarse, ponerse rouge en los la­bios, beber whisky?

SRA. SMITH        Yo me río de todo eso. Pero si lo dices para molestarme, entonces… ¡Sabes bien que no me gus­tan las bromas de esa clase!

Arroja muy lejos los calcetines y muestra los dientes. Se levanta.

SMITH (se levanta también y se acerca a su esposa, tiernamente) ¡Oh, mi pollita asada! ¿Por qué escupes fuego? Sabes muy bien que lo digo por reír. (La toma por la cintura y la abraza) ¡Qué ridícula pareja de vie­jos enamorados formamos! Ven, vamos a apaciguarnos y acostarnos.

*EUGÈNE IONESCO

LAS AVENTURAS DE PANOCCHIO; PRELUDIO | LORENZO CARLINI

1973. En algún lugar del espacio aéreo del condado de San Luis, Misuri, un piloto agrícola llamado Frank engulle un pastelillo de crema de maní a mil pies sobre los campos de maíz híbrido. En su contrato, se establece explícitamente que realiza labores de fumigación de lo más rutinarias, y eso es lo que Frank dice a sus compinches de La Gamba Roja, en Creve Coeur, cuando se beben unas pintas: que simple, sencilla y llanamente, fumiga. Pero lo que Frank ignora es que, entre la pluritura de substancias y productos que él mismo reparte en diásporas por los campos de Misuri con su M18 Dromader de fabricación polaca, se encuentra oculto un curioso componente; un extraño medicamento sintetizado en un laboratorio secreto, quizá también de Polonia, del que no sabemos más nada. Al margen de todo esto, en su fuero interno, Frank se imagina a sí mismo como el último piloto en vuelo de un escuadrón aéreo derribado por el fuego de artillería jemer en la II Guerra de Indochina, cuya misión es sanear con napalm los latifundios de Cambodia. Y así es como Frank finge que se divierte, y así palia la rutina, pero en realidad lo único que hace es regar con estelas químicas los cultivos de gramíneas.

LORENZO CARLINI

DERBI | *JUAN ABARCA

(…) Porque claro, a todos los que estamos aquí nos la suda el fútbol, ¿no? Porque si no… si no es que es difícil. Entonces, pues nada, en el fútbol hay una palabra que hay como muy añeja, suena como a colonia de puticlub, que es la palabra derbi. Derbi, ¿no? juegan dos equipos del mismo sitio, es un derbi. Un derbi. ¿de dónde han sacao esa palabra? Entonces un día se me hinchó la vena y me puse a escribir co­sas a las que me sonaba la palabra derbi:

Derbi suena como a barón dandy. Derbi suena como cuando una persona que apenas tiene para comer se fuma un puro. Derbi suena como a camionero parado en un puticlub de carretera. Derbi suena como al abuelo paterno de Matías Prats padre. Derbi suena como a las peores frustraciones que haya conocido el corazón de Antonio Alcántara. Derbi suena como a nodo. Derbi suena como al sirviente que lleva a cuestas los palos de golf del señorito. Derbi suena como cuando Paco Rabal se mea en las manos en Los santos inocentes. Derbi suena como a llegar el lunes a la oficina, ver que to­dos los compañeros se hacen gestos de complicidad y no tener ni puta idea de qué ostias está pasando. Derbi suena como a mear en parábola sobre el Manzanares desde un puente. Derbi suena como a la honda tristeza que se siente cuando te cuentan el chiste del perro llamado Mistetas. Derbi suena como a mucha gente gritando como monos. Derbi suena como a una injus­ticia cruel y macabra infligida sobre un varón de catorce años en un país remoto de la que no queda rastro al­guno en ningún lugar. Derbi suena como a peli porno con los matojos sin depilar. Derbi suena como a matón de colegio robándole el bocadillo a uno con gafas. Derbi suena a tanga mas­culino promocional con el logo de Philips. Derbi suena como a dos per­sonas, una delante de otra, hablán­dose a gritos a la vez, y sin escuchar ni una palabra de lo que dice el otro. Derbi suena como cuando llegan cua­tro tipos a un bar y piden un carajillo, un patxarán, un Sol y sombra y un DYC. Derbi suena como un disco de Parchís rallado. Derbi suena a “llevo toda la semana aguantando a un jefe cabrón, no follo nunca y me quiero mo­rir”. Derbi suena como cuando ves una raja de chorizo de Pamplona tirada en el suelo, pisada por varias generacio­nes, y no te planteas cogerla, pero te entra hambre. Derbi suena como a un sitio decorado con estampados de leo­pardo y cebra en el que huele muy mal. Derbi suena como a callejón sucísimo con manchas de sangre seca en las pa­redes y el suelo provocadas por una salvaje pelea en la que varias personas resultaron heridas de gravedad, algu­nas de ellas en estado crítico, fruto de una discusión estúpida por nada. Derbi suena como a estar muy pen­diente de una cosa muy triste que no sirve para nada.

Y hasta aquí algunas resonan­cias de derbi. Con los dos primeros fascículos, las tapas de regalo. Esto último también ha sonao a derbi. Todo suena a derbi.

*JUAN ABARCA