KIPPEL | UN QUÍDAM KIPPELIZADO & SÚPERESTANDAR

Todo es Kippel. Lo que aún no es Kippel, terminará por serlo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización.  Kippel es, por ejemplo, un fanzine arrugado junto al váter; pero Kippel también es la dentadura postiza de tu abuela muerta, atesorada en el fondo del cajón de la mesa camilla, y también lo es el flamenco de plástico de tu casa de verano, las máscaras samoanas, los accesorios de toda clase, los periódicos, la propaganda que colma cada buzón… tu taza favorita, esa que tanto amas, es un pedazo de Kippel y ni siquiera sabe que tú existes. Kippel son las cajas de cerillas que guardaste por nostalgia de una época que no viviste, y también lo es ese diploma de la pared, los trofeos, la televisión, los libros de la estantería y lo que sea que te haya dado por coleccionar, incluso tu propio apéndice está hecho enteramente de Kippel. Kippel es todo objeto-cosa que, incluso antes de un primer uso, carece ciertamente de valor estimable y cuya utilidad es, cuando menos, del todo despreciable. Si unx se descuida, el Kippel tiende a reproducirse exponencialmente como los baobabs y no tarda en dominarlo todo. Y así.

UN QUÍDAM KIPPELIZADO & SÚPERESTANDAR

 

*LOS VIAJES DEL DR. TEMPLETAUB; UNA VUELTA A LA MANZANA… | THOSLEAF

Hace tiempo ya, cuando los carros tenían preferencia en los caminos y las mulas nunca pasaban frío en casa porque eran fuente de ingresos constante, el Dr. Templetaub emprendió un largo viaje alrededor de su manzana.

Uno se diría: «Pues no es un viaje tan largo, alrededor de su manzana, yo tardo unos cinco minutos escasos en recorrerla.» pero claro, uno debe medir bien sus palabras antes de decir semejante cosa, puesto que las distancias, como bien saben los nabucodonosorcitos, crecen y se encojen dependiendo del color de los ojos de quien las mide. En el caso del Dr. Templetaub, la manzana de que hablamos se podía acotar por el entorno que la rodeaba:

Lindaba al norte con la colina de las cerezas, uno nunca podía detenerse en dicha esquina si no quería jugarse el pellejo, no fuera a darse el caso de que alguna cereza cayese del guindo y le diese en la cabe­zota; los pipos de las mismas son tan sobradamente conocidos por su dureza que, una vez que hubo que bachear la calzada, obligaron a todos los convecinos a comer dos kilos de cerezas diarios para sustituir el empedrado. El Dr. Templetaub, que olvidó que había de guardar los pipos de las mismas, se los tragó todos y estuvo haciendo caquitas como las ovejas tres semanas.

Al este, la manzana lindaba con el mar de pera, que tenía unas vistas espectaculares, pero en el que era un poco incómodo nadar porque uno tenía que estar constantemente elimi­nando la segunda nota de la escala musical para no salirse del pellejo. El buen doctor se lo sabía bien pues en una ocasión tuvo que atender a una ancianita que casi se empacha mientras recogía ingredientes para hacer una compota.

Cuando el Dr. Templetaub salía de casa, puesto que su puerta daba al sur, veía todas las veces el azul bosque de cobalto donde moraban los alicalupiérpagos rosas, más conocidos por su nombre común, arrevancheros; estos curiosos trípedos tenían un extraño apéndice en la parte posterior de la cabeza con el que podían oler, tocar e incluso saborear los colores de baja frecuencia.

Para los que no lo sepan, los colores de baja frecuencia son esos que, cuanto más tiempo pasa, menos ocurren, lo cual ha llevado a numerosos filósofos a plantearse en qué color escribir sus ideas sobre el papel blanco, ya que cabe la posibilidad de que, en algún momento, éstos blancos papeles se tornen de algún insospechado color y deje de apreciarse la tinta escrita indefinidamente, pero eso es un  tema de estudio que entretiene a los más expertos científicos en colorimetría espiritual contemporánea, por lo que dejaremos el desarrollo para más adelante, según sea necesario.

Al oeste quedaba, como todo el mundo sabe, el garaje de Sol y Luna donde, cuando no tocaba perseguirse, se juntaban ambos e invitaban a las estrellas fugaces a un té rapidito.
Esa mañana el Dr. Templetaub comenzó la vuelta a la manzana en el sentido opuesto a las agujas del reloj, quería aprovechar más el tiempo, se entiende, así que cogió su mochila de mues­tras por la que, debido a la cantidad de útiles que contenía, se había visto en más de un pleito con Mary Poppins, que alegaba plagio.
Descolgó del perchero su jersey de viajes largos, desem­polvó el gorro de aparejar anzuelos y se equipó con su para­rrayos de emergencia, no fuese que, al salir, comenzasen a subir truenos y perdiese la oportunidad de cargar la batería de su brújula helicoidal (nota: la brújula helicoidal es una brújula con forma de hélice que por sus peculiari­dades nunca sabe dónde está el norte, pero permite al usuario encontrar el camino más interesante hacia el destino que está buscando).

Cuando salió por la puerta pidió, como siempre, a su pequeño ayudante Zascandilú que terminase con la recogida y análisis de las muestras de su último viaje en globo aquaestático y después, cerrase el laboratorio no se fuese a escapar Doña Gata, que siempre que el Dr. Templetaub salía, aprovechaba para buscar un rinconcito en el salón en el que afilar sus ya de por sí pun­tiagudas uñas retráctiles.
Como salió temprano, a su izquierda el denso mar aún per­manecía bajo el reinado de Luna en una escalofriante visión de azules olas densas y viscosas para nada apetecibles, pero ya se apreciaba cómo Sol, fresco y descansado tras el tramo cuesta abajo, recuperaba su esplendor hacia el cielo perfilando los elevados riscos que decoraban la morada en que habitaba cuando andaba de descanso…

Sacudió del todo la modorra mañanera y adelantó un pie al otro en un movimiento acom­pasado que más adelante recibiría el nombre de andar (algunos anadear), pero que en aquella época aún conocían como caminar, y consistía en repetir el movimiento hasta lle­gar al final deseado o acabar exhausto, lo cual se describe en un sencillo algoritmo recursivo: «mientras no en destino, caminar.»

Y así, repitiendo este algo­ritmo, el Doctor Templetaub recorrió cuatro de las caras que tenía su manzana, las cuatro que encaraban a los puntos cardinales, pero eso, como no, queda para la siguiente tarde de lectura…

THOSLEAF

DESCEREBRAMIENTO | PABLO LAVILLA

Hace un tiempo, me sometí una novedosa terapia de descere­bramiento. No sé cuánto con certeza, porque de eso mismo se trata. Y funciona de maravilla; a mitad del proceso no podía recordar más que mi nombre y mi talla de alpar­gatas, poco más; y a duras penas conseguía balbucharlar silogismos con cierta coherencia, pues cualquiera de mis pupilas, indistintamente, se distraía con los carámbanos de saliva que pendían elásticos de entre los pelos de mi barbilla; y así perdía el hilo del discurso, oblongo y viscoso, como lianas de baba deslizándose por las plieguecomisuras de los belfos y con cara de bobalicón.

Durante aquel periodo no soñé nada, eso creo. Tampoco me preocupé. Sí lo hice después, al cabo de un rato, cuando empecé a soñar ovejas contando pablos. La primera noche pasaron treinta y cuatro mil ciento noventa y nueve pablos, coma uno. Y cada noche las ovejas, que eran un montón, pero no tengo ni idea de cuántas, continuaban rumia­tando pablos, contando desde donde lo habían dejado la noche anterior, más dos pablos con setecientos diez milipablos como corrección para adaptarlo al calendario de los pestañeos. Y, de todas las ovejas que había, estoy casi seguro del todo de que ninguna era una oveja propia­mente dicha; lo que tú o yo o incluso cualquiera tildaría de óvido. Para nada. Ni siquiera se acercaba a la definición más elemental de placentario ungulado. No eran ovejas de ninguna manera. Ni de lejos. Ni en un siglón de años. Qué va. De todas formas, así vistas, con el traspárpado granate y semiopaco, parecían ovejas de cualquier modo. Ovejas contando pablos. Cangrejos contando aguacates ¿Qué más da? Noche tras noche trasnochando. Nombres contando limas, números contando cifras y ovejas contando pablos ¿Y ahora qué, eh? Ahora somos un gúgol.

La técnica de descerebra­miento es tan protosimple como nociva, si no se aplica en capas uniformes, como la crème patissière, y con un palustre flexible, pero no demasiado flexible. Primero se saja la epidermis con cualquier suerte de escalpelo por el ecuador del cráneo, o tal vez mejor por el trópico de cáncer, más o menos sobre la línea de las cejas, las marrones. Esto es para marcar el camino del corte ulterior, así que, en su lugar, también se puede utilizar un boli, o un rotu, o algo por el estilo, algo que pinte o cercene. A continuación, se procede a serrar el cráneo por el surco trazado. Antiguamente, los patacesores que oficiaban tales prácticas en lúgubres mazmorras del Prenacimiento, hacían uso de una humilde sierra de Gigli, en­rollada en torno a la testa para descapuchar al paciente en un santiamén relativo. Ahora, con los tiempos que corren, que resbalan, que vuelan, se secciona la cubierta de la coco­rota con un puntero láser y ya sólo queda rascar un poco la corteza y extraer los lóbulos del relleno sin dejarse ni media meninge, ni siquiera una migaja de bulbo raquídeo. Apenas sin dolor, aunque, después de eso, como cualquiera puede comprender, uno se queda con el sistema límbico hecho un auténtico ascazo.

Desperté, como ya dije, con la pechera empapada de babazas y un par de tuercatornillos de mariposa en sendas sienes. Yacía en un panal reseco y mohíno que apestaba a espray ambientador, en lo alto de una araucaria. Pasé ocho días y tres noches atrapado en aquella puta conífera sin saber cómo bajar. Por estas latitudes el sol es que oscila raro. Y, al fin, en el crepúsculo vespertino del cuarto octavo día, pasó por mi lado una cigarra fumando celtas y comprendí que ese árbol no era tan alto ni tal, ni tampoco el panal, por cierto, si no que se trataba de un zarzal completo y una vejiga de rinoceronte mustia, respectiva­mente.  Le pregunté a la cigarra que qué tal, y le pedí ayuda para libertarme del matojo, que se me estaban clavando las espinas todas en el culo, le dije:

—¡Oye tú, cigarra! ¿Qué tal?

—Ni fu, ni fa —respondió, expeliendo una generosa boca­nada de humo.

—Pues ayúdame entonces a salir de este punzarbusto, que se me están clavando las espinas todas en el culo.

Se negó en rotundo, mencionó algo acerca de sus competencias, y algo más, no sé qué de unas hormigas, y que tenía cosas que hacer, dijo:

—Me niego en rotundo. Soy una cigarra ¿No lo ves? Lo único que tengo que hacer es estri­dular aquí y allá y rascarme bien la barriga. Por aquí pasa una formipista ¿No la ves? En­seguida desfilarán las hormigas por aquí mismo y yo estaré frotándome para ellas, a ver si, con suerte, me dejan un poco de grano o una pizquita de néctar que pitear.

—Pierdes el tiempo —le contesté, dando voces—. Todo el mundo sabe que los himenópteros no sueltan ni media.

—Tú no me has oído estridular —me espetó

—No, eso es cierto —concedí.

—Pues te advierto —me advirtió— que yo estridulo como ninguna, pedazo de nalgaespín. Cuando yo estri­dulo la gente se marea y dice: “¡Uh, uh! ¿De dónde sale? ¡Uf, uf! ¡Nos tienen rodeados!” Y es que, cuando yo estridulo, no se oye nada más.

—¿Y crees que a las hormigas les gusta que les estridulen al oído mientras se desloman el tórax? ¡Eres una majadera!

—Pues ahí te quedas, cabeza de chorlito, con tu culopincho.

Y se fue zumbando a estridular a otro lado.

Otra semana después —ésta de sólo dos días, pero una noche que bien podría haberse titulado “Era básica y obscura”—, desperté acurru­cado entre los marchitos restos del zarzal. Mi trasero estaba curado y las ovejas ya habían computado un gúgolplex de pablos y empezaba a temer quedarme sin espacio, aun con esta cabezota lesa y bien diáfana. Me aseguré de estar justo debajo de la vertical y, cuando estuve seguro, enfilé hacia adelante —que es, de hecho, la única dirección por la que sé caminar. Mí no ser un in­telectual.

No tardé con encontrarme con alguien. Lo cierto es que venía escuchando desde lejos unos plañillantos desconsolados. Era un tipo gordesmirriado, de barriga esférica y piernecillas de jilguero. Digo que era un tipo, pero bien podría decir que se trataba más bien de siete octavos de tipo. Estaba ahí pos­trado, sobre un tocón bañado en sangre, con las rodillas hincadas en el barro. Gritaba de dolor y se sujetaba un medio antebrazo del que borbo­manaba un chorro de sangre espesa como natillas. La cimitarra se mantenía clavada en la madera y, frente a las dis­locadas encías del infeliz, su mano escindida y sanguino­lenta parecía querer des­pedirse mediante un intrincado y macabro lenguaje digitado de espasmos y contracciones que ninguno de los presentes supimos descifrar.

—¡Qué es lo que has hecho, animal! —le grité.

—¡Justicia! —profirió orgu­lloroso.

—¿Justicia de qué? ¡Estás chiflado!

—¡Soy un ladrón! —exclamó— ¡Y de la peor calaña! —hizo una pausa dramática para gimotear y me miró a los ojos con semblante suspensivo y sobre­actuado—. Y a los ladrones por aquí se les cortan las manos.

—Con que eres un ladrón, ¿eh? —solté una carcajada— ¡Já! ¿Y se puede saber qué es eso que has ladroneado para tener que muñonizarte?

—¡Ladroneé mi tiempo! ¡Lo confieso! —se derrumbó sobre el tocón— ¡Escatimé con los instantes, y los momentos los guardé para luego! ¡Escondí los ratos bajo llave y me usurpé hasta las estaciones! ¡Soy un vil ladrón y ahora que me hago viejo lo comprendo! —escrutó la espantosa y herida de su medio antebrazo, aún sangrie­tante— ¡Sólo me estaba ladroneando el tiempo a mí mismo! ¡Me ladroneé la vida sin darme cuenta! ¡Qué estúpido que soy! Fíjate si soy estúpido, que traté de ejecutar yo mismo mi castigo sin ser consciente de que, después de des­prenderme de una mano, no podría librarme de la otra.

—Ya sabes lo que dicen: Una mano rebana la otra.

—Creo que no es así.

—En cualquier caso, puedo ayudarte. Si quieres, te siego la que te queda en un periquete.

—No funcionaría —musitó.

—¿Y por qué no, eh? —inquirí, ofendido— Me ofendes.

—Pues porque yo soy la víc­tima que ha de vengarse por todo el tiempo que le ha sido ladroneado —respondió, re­soluto—, y porque, si tú me cortas la mano, yo tendría que cortarte a ti la correspon­diente. No tienes ningún dere­cho a aparecer de la nada, cuando nadie te ha llamado, y pretender amputarme la única mano que me queda, demonios.

—Vale, vale —ejercité un aspa­viento—. Sólo pretendía ayudar.

—Pues poco favor me haces.

—¿Sabes qué? Creo que ahora me has ladroneado el tiempo también a mí.

Me cobré cuatro dedos por aquello, que guardé en mi bol­sillo. Y me largué de allí, de­jando al desgraciado con sólo un pulgar para dictaminar jus­ticia. Me arrastré por un pára­mo, taciturno, como quien vaga cargando a cuestas su propio cadáver; así de mal. Y fui a toparme con una ringlera de hormigas. Una hormiga decía: “¿Os habéis enterado?”. Y las demás coreaban: “¿De qué, de qué?”. Y seguía la primera: “¡La cigarra se ha muerto! ¡Escar­chan­gelada de frío du­rante el invierno!”. “¡Hurra, hu­rra!” gri­taban unas, “¡Oé, oé!” cla­maban otras, “¡Viva, viva! ¡Ya no joderá más con ese mal­dito chirrío!”. Y la cáfila se desante­nizaba de la risa. La pri­mera volvió a hablar: “¡Eso le pasa por no trabajar!”. “¡Por no tra­bajar!”, chascaturreban las de­más. “¡Por no trabajar!”, re­pitió la anterior. “¡Por no trabajar!”, redundaron las otras.

—¡Basta, basta! —grité yo, ta­pándome los oídos— ¡La ciga­rra sólo intentaba amenizaros la brega estridulando para vosotras ¿Y así se lo pagáis? ¡Pues tomad caucho, canallas!

Pisoteé hormigas andando como un funámbulo durante, lo menos, tres leguas, y, después, me detuve a des­cansar a la sombra de una araucaria. Claro está que, antes de eso, llevé a cabo las pesqui­sas pertinentes para tener la certidumbre de que, efectiva­mente, se tratara de una araucaria auténtica. Y así era, por el momento.

Tras una elipsis imprevista, abrí un ojo en silencio, procurando no despertar al otro. Tenía sed, lo cual no es raro, yo suelo tener sed a menudo; pero se suponía que el descerebra­miento era mano de Ubú con la potomanía. Miré mis manos y ya no eran eso; eran pezuñas. Y mi pellejo habíase cubierto como de una capa de fibra de algodón bastante cómoda y esponjada. Intenté balar, aterrorizado, y de mi hocico brotó un alarido simiesco, para nada digno de una oveja, y se despertó mi otro párpado, y así fue como descubrí que, después de todo, me la habían vuelto a jugar con la araucaria, y que, desde el principio —y esto lo explica todo—, estaba yo y mis gúgoles de pablos confinados en un batiscafo, sumergidos en medio del ocea­zul. Pablo le dijo a Pablo: “¡Haz algo, que nos hundimos!”. Y Pablo le contestó a Pablo: “¿Qué quieres que haga yo? ¡Esto es un batiscafo! ¡Se supone que tiene que estar hundido, es así como funciona!”. “¿Y a mí qué me cuentas, eh?”, respondió Pablo a Pablo, “Seguro que tú tampoco sabías qué diantres era un jodido batiscafo antes de todo esto!”. “Basta, basta, Pablos”, dijo ahora Pablo, “Dejad de discutir y atentos: Está pasando algo”.

PABLO LAVILLA

 

 

 

 

ILUSTRACIÓN; DANIEL JOHNSTON