DESCEREBRAMIENTO | PABLO LAVILLA

Hace un tiempo, me sometí una novedosa terapia de descere­bramiento. No sé cuánto con certeza, porque de eso mismo se trata. Y funciona de maravilla; a mitad del proceso no podía recordar más que mi nombre y mi talla de alpar­gatas, poco más; y a duras penas conseguía balbucharlar silogismos con cierta coherencia, pues cualquiera de mis pupilas, indistintamente, se distraía con los carámbanos de saliva que pendían elásticos de entre los pelos de mi barbilla; y así perdía el hilo del discurso, oblongo y viscoso, como lianas de baba deslizándose por las plieguecomisuras de los belfos y con cara de bobalicón.

Durante aquel periodo no soñé nada, eso creo. Tampoco me preocupé. Sí lo hice después, al cabo de un rato, cuando empecé a soñar ovejas contando pablos. La primera noche pasaron treinta y cuatro mil ciento noventa y nueve pablos, coma uno. Y cada noche las ovejas, que eran un montón, pero no tengo ni idea de cuántas, continuaban rumia­tando pablos, contando desde donde lo habían dejado la noche anterior, más dos pablos con setecientos diez milipablos como corrección para adaptarlo al calendario de los pestañeos. Y, de todas las ovejas que había, estoy casi seguro del todo de que ninguna era una oveja propia­mente dicha; lo que tú o yo o incluso cualquiera tildaría de óvido. Para nada. Ni siquiera se acercaba a la definición más elemental de placentario ungulado. No eran ovejas de ninguna manera. Ni de lejos. Ni en un siglón de años. Qué va. De todas formas, así vistas, con el traspárpado granate y semiopaco, parecían ovejas de cualquier modo. Ovejas contando pablos. Cangrejos contando aguacates ¿Qué más da? Noche tras noche trasnochando. Nombres contando limas, números contando cifras y ovejas contando pablos ¿Y ahora qué, eh? Ahora somos un gúgol.

La técnica de descerebra­miento es tan protosimple como nociva, si no se aplica en capas uniformes, como la crème patissière, y con un palustre flexible, pero no demasiado flexible. Primero se saja la epidermis con cualquier suerte de escalpelo por el ecuador del cráneo, o tal vez mejor por el trópico de cáncer, más o menos sobre la línea de las cejas, las marrones. Esto es para marcar el camino del corte ulterior, así que, en su lugar, también se puede utilizar un boli, o un rotu, o algo por el estilo, algo que pinte o cercene. A continuación, se procede a serrar el cráneo por el surco trazado. Antiguamente, los patacesores que oficiaban tales prácticas en lúgubres mazmorras del Prenacimiento, hacían uso de una humilde sierra de Gigli, en­rollada en torno a la testa para descapuchar al paciente en un santiamén relativo. Ahora, con los tiempos que corren, que resbalan, que vuelan, se secciona la cubierta de la coco­rota con un puntero láser y ya sólo queda rascar un poco la corteza y extraer los lóbulos del relleno sin dejarse ni media meninge, ni siquiera una migaja de bulbo raquídeo. Apenas sin dolor, aunque, después de eso, como cualquiera puede comprender, uno se queda con el sistema límbico hecho un auténtico ascazo.

Desperté, como ya dije, con la pechera empapada de babazas y un par de tuercatornillos de mariposa en sendas sienes. Yacía en un panal reseco y mohíno que apestaba a espray ambientador, en lo alto de una araucaria. Pasé ocho días y tres noches atrapado en aquella puta conífera sin saber cómo bajar. Por estas latitudes el sol es que oscila raro. Y, al fin, en el crepúsculo vespertino del cuarto octavo día, pasó por mi lado una cigarra fumando celtas y comprendí que ese árbol no era tan alto ni tal, ni tampoco el panal, por cierto, si no que se trataba de un zarzal completo y una vejiga de rinoceronte mustia, respectiva­mente.  Le pregunté a la cigarra que qué tal, y le pedí ayuda para libertarme del matojo, que se me estaban clavando las espinas todas en el culo, le dije:

—¡Oye tú, cigarra! ¿Qué tal?

—Ni fu, ni fa —respondió, expeliendo una generosa boca­nada de humo.

—Pues ayúdame entonces a salir de este punzarbusto, que se me están clavando las espinas todas en el culo.

Se negó en rotundo, mencionó algo acerca de sus competencias, y algo más, no sé qué de unas hormigas, y que tenía cosas que hacer, dijo:

—Me niego en rotundo. Soy una cigarra ¿No lo ves? Lo único que tengo que hacer es estri­dular aquí y allá y rascarme bien la barriga. Por aquí pasa una formipista ¿No la ves? En­seguida desfilarán las hormigas por aquí mismo y yo estaré frotándome para ellas, a ver si, con suerte, me dejan un poco de grano o una pizquita de néctar que pitear.

—Pierdes el tiempo —le contesté, dando voces—. Todo el mundo sabe que los himenópteros no sueltan ni media.

—Tú no me has oído estridular —me espetó

—No, eso es cierto —concedí.

—Pues te advierto —me advirtió— que yo estridulo como ninguna, pedazo de nalgaespín. Cuando yo estri­dulo la gente se marea y dice: “¡Uh, uh! ¿De dónde sale? ¡Uf, uf! ¡Nos tienen rodeados!” Y es que, cuando yo estridulo, no se oye nada más.

—¿Y crees que a las hormigas les gusta que les estridulen al oído mientras se desloman el tórax? ¡Eres una majadera!

—Pues ahí te quedas, cabeza de chorlito, con tu culopincho.

Y se fue zumbando a estridular a otro lado.

Otra semana después —ésta de sólo dos días, pero una noche que bien podría haberse titulado “Era básica y obscura”—, desperté acurru­cado entre los marchitos restos del zarzal. Mi trasero estaba curado y las ovejas ya habían computado un gúgolplex de pablos y empezaba a temer quedarme sin espacio, aun con esta cabezota lesa y bien diáfana. Me aseguré de estar justo debajo de la vertical y, cuando estuve seguro, enfilé hacia adelante —que es, de hecho, la única dirección por la que sé caminar. Mí no ser un in­telectual.

No tardé con encontrarme con alguien. Lo cierto es que venía escuchando desde lejos unos plañillantos desconsolados. Era un tipo gordesmirriado, de barriga esférica y piernecillas de jilguero. Digo que era un tipo, pero bien podría decir que se trataba más bien de siete octavos de tipo. Estaba ahí pos­trado, sobre un tocón bañado en sangre, con las rodillas hincadas en el barro. Gritaba de dolor y se sujetaba un medio antebrazo del que borbo­manaba un chorro de sangre espesa como natillas. La cimitarra se mantenía clavada en la madera y, frente a las dis­locadas encías del infeliz, su mano escindida y sanguino­lenta parecía querer des­pedirse mediante un intrincado y macabro lenguaje digitado de espasmos y contracciones que ninguno de los presentes supimos descifrar.

—¡Qué es lo que has hecho, animal! —le grité.

—¡Justicia! —profirió orgu­lloroso.

—¿Justicia de qué? ¡Estás chiflado!

—¡Soy un ladrón! —exclamó— ¡Y de la peor calaña! —hizo una pausa dramática para gimotear y me miró a los ojos con semblante suspensivo y sobre­actuado—. Y a los ladrones por aquí se les cortan las manos.

—Con que eres un ladrón, ¿eh? —solté una carcajada— ¡Já! ¿Y se puede saber qué es eso que has ladroneado para tener que muñonizarte?

—¡Ladroneé mi tiempo! ¡Lo confieso! —se derrumbó sobre el tocón— ¡Escatimé con los instantes, y los momentos los guardé para luego! ¡Escondí los ratos bajo llave y me usurpé hasta las estaciones! ¡Soy un vil ladrón y ahora que me hago viejo lo comprendo! —escrutó la espantosa y herida de su medio antebrazo, aún sangrie­tante— ¡Sólo me estaba ladroneando el tiempo a mí mismo! ¡Me ladroneé la vida sin darme cuenta! ¡Qué estúpido que soy! Fíjate si soy estúpido, que traté de ejecutar yo mismo mi castigo sin ser consciente de que, después de des­prenderme de una mano, no podría librarme de la otra.

—Ya sabes lo que dicen: Una mano rebana la otra.

—Creo que no es así.

—En cualquier caso, puedo ayudarte. Si quieres, te siego la que te queda en un periquete.

—No funcionaría —musitó.

—¿Y por qué no, eh? —inquirí, ofendido— Me ofendes.

—Pues porque yo soy la víc­tima que ha de vengarse por todo el tiempo que le ha sido ladroneado —respondió, re­soluto—, y porque, si tú me cortas la mano, yo tendría que cortarte a ti la correspon­diente. No tienes ningún dere­cho a aparecer de la nada, cuando nadie te ha llamado, y pretender amputarme la única mano que me queda, demonios.

—Vale, vale —ejercité un aspa­viento—. Sólo pretendía ayudar.

—Pues poco favor me haces.

—¿Sabes qué? Creo que ahora me has ladroneado el tiempo también a mí.

Me cobré cuatro dedos por aquello, que guardé en mi bol­sillo. Y me largué de allí, de­jando al desgraciado con sólo un pulgar para dictaminar jus­ticia. Me arrastré por un pára­mo, taciturno, como quien vaga cargando a cuestas su propio cadáver; así de mal. Y fui a toparme con una ringlera de hormigas. Una hormiga decía: “¿Os habéis enterado?”. Y las demás coreaban: “¿De qué, de qué?”. Y seguía la primera: “¡La cigarra se ha muerto! ¡Escar­chan­gelada de frío du­rante el invierno!”. “¡Hurra, hu­rra!” gri­taban unas, “¡Oé, oé!” cla­maban otras, “¡Viva, viva! ¡Ya no joderá más con ese mal­dito chirrío!”. Y la cáfila se desante­nizaba de la risa. La pri­mera volvió a hablar: “¡Eso le pasa por no trabajar!”. “¡Por no tra­bajar!”, chascaturreban las de­más. “¡Por no trabajar!”, re­pitió la anterior. “¡Por no trabajar!”, redundaron las otras.

—¡Basta, basta! —grité yo, ta­pándome los oídos— ¡La ciga­rra sólo intentaba amenizaros la brega estridulando para vosotras ¿Y así se lo pagáis? ¡Pues tomad caucho, canallas!

Pisoteé hormigas andando como un funámbulo durante, lo menos, tres leguas, y, después, me detuve a des­cansar a la sombra de una araucaria. Claro está que, antes de eso, llevé a cabo las pesqui­sas pertinentes para tener la certidumbre de que, efectiva­mente, se tratara de una araucaria auténtica. Y así era, por el momento.

Tras una elipsis imprevista, abrí un ojo en silencio, procurando no despertar al otro. Tenía sed, lo cual no es raro, yo suelo tener sed a menudo; pero se suponía que el descerebra­miento era mano de Ubú con la potomanía. Miré mis manos y ya no eran eso; eran pezuñas. Y mi pellejo habíase cubierto como de una capa de fibra de algodón bastante cómoda y esponjada. Intenté balar, aterrorizado, y de mi hocico brotó un alarido simiesco, para nada digno de una oveja, y se despertó mi otro párpado, y así fue como descubrí que, después de todo, me la habían vuelto a jugar con la araucaria, y que, desde el principio —y esto lo explica todo—, estaba yo y mis gúgoles de pablos confinados en un batiscafo, sumergidos en medio del ocea­zul. Pablo le dijo a Pablo: “¡Haz algo, que nos hundimos!”. Y Pablo le contestó a Pablo: “¿Qué quieres que haga yo? ¡Esto es un batiscafo! ¡Se supone que tiene que estar hundido, es así como funciona!”. “¿Y a mí qué me cuentas, eh?”, respondió Pablo a Pablo, “Seguro que tú tampoco sabías qué diantres era un jodido batiscafo antes de todo esto!”. “Basta, basta, Pablos”, dijo ahora Pablo, “Dejad de discutir y atentos: Está pasando algo”.

PABLO LAVILLA

 

 

 

 

ILUSTRACIÓN; DANIEL JOHNSTON

ENTONCES | DOCTOR TOCOMOCHO

Qué raro. La tarde fresca, casi fría, y ahí como que más en lo acostumbrado. Qué bien con tierra bajo las uñas. Qué asco de ciudad, tiene como más frío y se cala en sus huesos oxidados. Y yo me callo. Y no quiero callarme, pero me callo. Y vosotros también os calláis. Será mejor. Sí, claro. Como si fuese rezo, como si fuese rito, como real. Mentira, como la Realidad. Debo de estar cada vez más loco, será. Y me río entre dientes, parezco más loco, eso es más cierto; pero no lo estoy, no se puede estarlo, aquí, Estado, el que está, que es el que puede existir. Entonces.

Qué puto asco la ciudad. Y habitar en ella, porque aquí vivir es lo menos acostumbrado. Carreteras y humo de putos coches, muchísimos. Y más si llueve. Muchísimo humo, como niebla. Cuando la conozco ya hasta haber matado lo que le pudiese quedar para sorprenderme, no necesito creer, no quiero esperanza. Pero el problema es que fumo. Y que llegamos tarde.

—Vaya, que si llegas tarde.

—¿Cómo?

—…

—Esto… He… he perdido el autobús, bueno, primero la bici y la parte definitiva de la inocencia y eso.

—Pues es que llegas tarde, yo me tengo que ir temprano y esto, ¿sabe a poco o sabe a nada?

—Qué sentido tendrá hablar de eso ahora. Ahora es otra cosa la que hay que hacer o muchas las que hay que deshacer. Ma guarda che figura di merda.

—Perdona, no me entero de lo que dices.

Sigo, entonces. No voy a hacer lo que se espera de mí. Pero no por nada, sino porque es que no tengo ganas de ná. Así que lo que venga, ya tendré tiempo de perderlo preguntando cómo viene. Tiempo de matarlo sin hacer sangre. Tengo ganas, sí. O quizá más bien desganas de lo contrario. La crisis está claro dónde la llevamos, cada individuo particular del Estado global. Pues eso, entonces. Que este porro no me sabe y que ya me sé las caretas de las personas, hasta por las noches cuando yo desbrozo la mía, y extraña y fascinante la que no muestra tanto siempre lo mismo con las mismas formas, pero escasa y como que no, que por aquí llevo dando vueltas como hasta el punto de habernos tropezado periódicamente con los que pintarrajean la careta y la despedazan también, hasta el punto ya de reconocernos y habernos casi muerto como siempre, hilando fino. Hasta llegar a donde no nos sorprende ya nada.

El frío que hace, cojones. Todos los días lo mismo. Todas las semanas igual, y los meses, y pasan los años. Bueno, quieto, que voy grave con lo de las parcelas del Tiempo. Que no, que es igual, que no es para tanto, que lo que sí, en verdad, es que sigo ahí y para mí esto es como un espacio extraño en el que indudablemente algo va pasando, no sé muy bien ni qué ni cómo, si es que yo no soy yo dentro de dos años, o no era yo hace dos minutos, o si es que somos todos globalizadamente, o es que es el globo, la esfera, la galaxia, la espiral, el fractal, la elipsis, tu coño, la proporción áurea, la simetría, el tiempo o cristo que lo fundó; el caso, que un algo que va pasando en un espacio extraño y, contradictoriamente, predecible y sorprendente a veces, en el que estoy, porque lo de si soy es cosa más discutible, y puedo saber cómo es ese estar mío (que dudo que ahí haya posesión, que desde luego dominio no lo hay o, por lo menos, no total, y ahí medias tintas no hay), pero el de otra gente solo puedo figurarlo. Y bueno, eso, lo de las palabras y la Realidad, y lo poco que nos quede por ahí de verdad, si todavía cantamos algo, canciones, claro, y si sabemos que la tierra es lo único que tiene siempre valor, valía o eso (siempre que no plantemos plutonio).

Entonces, sigue haciendo frío, de cojones. Y yo sigo sin comprender nada y en verdad pienso que nosotros no lo comprendemos ni estamos hechos para eso, ni estamos hechos para nada. Pero veo por ahí a tantas personas tan convencidas de su careta que me pregunto: ¿nunca desbrozaron su máscara? ¿nunca se preguntaron de verdad si eran felices o simplemente se lo tenían creído, casi aprendido? Y parece que es eso, que las personas como que aprenden a creer su máscara y quererla como si fuera el sentido de la existencia, que ni siquiera se han planteado por qué hacen lo que hacen, que como mucho mencionaron una vez que nunca habían soñado con ser administrativos o dependientes, y luego enterraron dicha mención donde no se pudiera ver, pero la gente siente esa peste que despide, la punzada de la mentira, el latido de la vida. Y me sigo preguntando, cómo es posible que traguemos con esos engaños todos los días y que lo hagamos con una media sonrisa, como diciendo qué rico, esto era lo que necesitaba. Y ahí, a base de esto, y de llegar a odiar o, peor aún, de llegar a sentir la más insulsa de las indiferencias donde antes sentíamos de verdad, ahí, me pregunto qué es lo que pinto yo aquí. La respuesta de esa pregunta, claro, puede dar vértigo en este mundo que indiferentemente se consume hacia un final lleno de humo y veneno originado por el animal racional, por su enorme y evolucionado cerebro. Pero el fracaso es solo el juicio de los que piensan en ganar, estar por encima, en el qué a costa de cualquier cómo.

Pero siempre hay un pero.

***

Pero, de vez en cuando, me encuentro con gente con la que hablo, o a la que escucho, o de la que veo cosas salir y eso, gente con la que de repente desaparece cualquier barrera de caretas y es como si nos supiésemos desde siempre, como si la Historia nos hubiese venido trenzando antes de ser ni semilla, como si nuestra memoria hubiese crecido desde la misma fuente. Será el capitalismo, que nos iguala mucho a las personas (igualdad a razón de apisonadora, que me dijeron una vez).

Una vez me crucé con uno de esos como vivo, y decía si es que no veis que yo, que yo no tenía corazón. Y lo argumentaba, era entretenido, era verdad, pensé. A mí era más como que no sabía dónde lo tenía puesto, ni cómo estaba, ni nada, así que al final era como no tenerlo. Aunque algún susto me dio, y se me agarrotaba el brazo. Joder. Y nada, estuve pensando también que eso era como tenerlo en el cerebro. Por intentar comprenderlo o saberlo un poco, y no sentirlo, se quedaba en el cerebro, agarrotao, como mi brazo. Porque este mundo es muy cerebral, tanto como para saber la química de los feelings. Liberas endorfinas o dopamina o yo qué sé y, venga, te gusta esa película, estás enamorado de tal. ¡Qué fatiguita de mundo! Que ya no sabemos hacer fuego, que compramos el agua, que el mar es un vertedero. Qué cerebrismo. Qué asquerosamente bien sabemos bien qué es lo que nos gusta para divertirnos, lo que es necesario que trabajemos. Y no creernos ir muriendo. Qué vanidoso el saber de los hombres, adónde nos ha traído. Adónde nos va a llevar no está tan claro, está más bien oscuro. Pero no creernos ir muriendo.

***

Entonces, si ella es ella porque no está (porque si no sería un tú), entonces, que alguien me explique porque me olvido hasta del hambre cuando es ella.

SUPR | AYOZE

Yo le hubiese pegado un tiro al tunecino en la playa y que me condenaran a muerte, te lo aseguro. Pero se me adelantó el maldito francés. Tampoco me habría importado pasarme veinte años buscando a Cesárea Tinajero o a cualquier otro loco. ¿Te imaginas? Toda la mota mexicana que hubiese fumado… Incluso me habría follado a mi queridísima tía en el Perú. ¡Joder, si lo pienso, ni los muertos me habrían acojonado si me hubiesen mandado a Comala! Pero siempre, siempre llego tarde. Llevo toda la vida a punto. He conocido a toda clase de idiotas, incluso al puto príncipe de los idiotas conocí y ninguno, escúchame bien, ninguno se ha dado cuenta de que tenía que haberme elegido a mí. Pero, en fin, aquí estoy. No sé quién eres, pero vamos a hacerlo. Convirtámonos en inmortales.

Releyó el borrador. Llevaba una semana con una especie de pálpito. Quizás debería incluir un personaje más en la historia, una voz extra, un alma que aportase fuerza… No, asíestaba bien. El creador estaba agotado. Metió las hojas en el sobre. Novela terminada.

AYOZE

ÁNGEL DE AMOR | MIGUELO GUARDIOLA

La noche anterior volvió a sucederme. Soñé que estaba en un after con Ángel Acebes, él no dejaba de pedir Moët & Chandon y yo no podía dejar de fijarme en los gemelos de Iron Man que decoraban los puños de su camisa. “Este tío tiene swag hasta para eso”, pensaba mientras le sonreía. Un camarero enano, vestido sólo con un tanga negro y una pajarita de lentejuelas rosa, nos trajo entonces un cuenco con kikos bañados en polvo de oro, lo más delicioso que jamás me llevé a la boca. Le comenté a Acebes lo originales que me parecían el atuendo del camarero y el aperitivo. Él, cambiando de tema con cierta brusquedad, me preguntó si alguna vez me había seducido la erótica del poder. Respondí que sí, ¿quién no ha deseado enrollarse con Gorbachov o tener un tórrido romance de verano con María Teresa Fernández de la Vega? Pero me aseguré también de dejarle claro que yo no era ninguna buscona y que no estaba allí con él por que antaño hubiera sido un hombre poderoso. Que usara la palabra antaño pareció enojarle, porque, a modo de réplica, soltó una filípica sobre el poder que seguía ostentando, que ahora era incluso más que cuando era una figura de la primera plana del PP, porque ahora podía permitirse llevar a cabo sus operaciones en la sombra sin tener que dar explicaciones ni cubrirse las espaldas de cara a la opinión pública. Le dije que no flipara tanto, que se le había subido a la cabeza y que vamos, cualquiera diría que es que él es un illuminati o el elegido de una profecía ancestral o algo. Eso terminó de enojarle por completo, empezó a gritarme cosas sin mucho sentido, como historias de abuelo cebolleta sin conexión entre sí, de cuando Aznar y él se iban a pescar, de cuando estuvo en una fiesta en casa de Zaplana y dejaron a Álvarez Cascos encerrado en la terraza durante dos horas y de cómo una vez se sintió transgresor y no fue a la misa de los oficios… Así hasta que me harté, no pude aguantar más y me abalancé sobre Acebes, me senté a horcajadas sobre él y comencé a besar su boca y su cuello mientras mis manos golosas aflojaban el nudo de su corbata antes de empezar a desabrochar los botones de su camisa, comencé un rítmico movimiento de balanceo con las caderas, frotando muy suavemente su sexo contra el mío. Se dejó hacer durante unos segundos, pero entonces me detuvo cogiéndome por los hombros:

—Sabes que esto está mal.

—Lo sé, pero es que me excitas demasiado, no puedo contenerme.

—Tenemos que terminar con esto.

—No, ¿por qué? Nadie tiene por qué saberlo. Yo… Yo… ¡Yo te quiero!

—Y yo a ti, pero sabes que, si alguien se enterase de esto, nuestra vida pública se convertiría en un infierno.

—Pues hagámoslo en privado, encerrémonos en una de tus casas de verano. Vayámonos ahora mismo.

Y así lo hicimos, Ángel pagó la cuenta y le dio un cachete al camarero enano en su fornida nalga de atleta. Salimos del local por la puerta de atrás y subimos al coche. Le dijo al chófer que nos llevara a la villa de Pajares de Adaja, cerca de Ávila y pude ver en el espejo del conductor cómo se esbozaba una sonrisa pícara en la cara del chófer. El champán burbujeaba en mi cabeza y debió de notárseme, porque Ángel insistió en que me durmiera, que aún quedaba una hora de camino más o menos y que necesitaba guardar fuerzas para lo que me esperaba esta noche. Así que me besó y después me acurruqué en su regazo hasta que me dormí. Me desperté ya dentro de la cama, Ángel estaba a mi lado, mirándome con ternura:

—¿He dormido mucho rato?

—No, sólo hace veinte minutos o así que llegamos a casa. ¿Te apetece…?

No dije nada, simplemente le besé, dándole a entender que sí me apetecía. Estuvimos un rato besándonos y acariciando nuestros cuerpos, quise agarrar su pene y masturbarle, pero no me dejó hacerlo, en su lugar, me hizo señas para que me tumbara boca abajo en la cama y se colocó detrás de mí, me besó en la nuca y entonces se preparó para penetrarme. Pude sentir como se apoyaba en la entrada de mi puerta trasera, preparado para destrozarla como un antidisturbios se prepara para salir a destrozar manifestantes…

Y es ahí cuando me despierto siempre, con el ojete muy, muy dolorido y la mayoría de las veces con heces con sangre entre las sábanas. No sé cómo sucede, soy un tío heterosexual sin inquietudes por el sexo anal y encima soy de izquierdas, ¿por qué sueño estas cosas con Ángel Acebes? Si ni siquiera soy su tipo joder, que tengo barba y rastas y hasta soy pro-abortista. A ustedes esto les parecerá hasta gracioso, pero llevo soñando lo mismo una vez a la semana desde hace dos años y ya estoy harto. Miren, paso, voy a ver que ponen en la tele, porque me aburro de contarle esta historia a la gente y que nadie se ponga en mi lugar y se compadezca. Anda, un especial informativo:

—“Detenido Ángel Acebes por ser el cabecilla de una trama de violaciones en serie, se sospecha que Aznar, Zaplana y Álvarez Cascos pueden estar también involucrados, así como el actor Emilio Gavira. Esta banda asaltaba las casas de sus víctimas mientras dormían y les suministraban una droga experimental que hace que la realidad se mezcle con el sueño y todo parezca una pesadilla. Este método ha dificultado las cosas para la policía, que lleva dos años investigando esta trama, puesto que las víctimas no saben qué les ha pasado…”

Hostia puta, que cabrón el enano.

MIGUELO GUARDIOLA

DISPARO, DUERMO Y SÉ | MIGUELO GUARDIOLA

Vuelta a empezar y van cuatro. Se esfuman las ideas como pájaros asustados por una palmada escopetera. No sé si es un cerebro cansado, ira infundada, un calentón que no termina de enfriarse o un portazo mal dado. Muy por debajo del río me dijo el suicida que a veces pesa más el cuerpo que las cadenas. «Garrotazo y tentetieso» en la televisión y después echan Los Bingueros, quién pudiera jugarse el devenir del mundo a un farol de doses. Yo sólo disparo y disparo… y disparo. Perdigonazos que generan pérdidas en una auditoría tan falaz como castiza, es tan ancha Castilla como el hambre de los extremeños. Pateras y estrellas del pop haciendo nubes de polvo en el horizonte, todos esnifando la boina informativa de la capi que no deja ver el sol. Duermo, dormimos, dormíais, por sobre el cielo de los chemtrails, estirando las alas cansadas de Ícaros cualesquiera. Permitidme una licencia barata, que no me alcanzan los bolsillos el precio de soñar hoy día. Recreo el tintineo de dos hielos en copas de sudor mundano y contemplo las arrugas escaparse bailando entre mis dedos. Geometría y cómics en dientes amarillos por el sarro, bañeras llenas del barro de los sinsentidos de un noctámbulo. Conjuntos de palabras que se estrellan a diario en caras de gentes sin tiempo para escuchar a nadie. ¿Qué saben los labios del sabor de las cosas?

Hay quien acepta por compromiso subir a la montaña rusa de un desconocido, agitar un tubo sin falda al son de una meada más caliente. Broncas de platos rotos que terminan en un tiro de keta con fondo musical de Raphael. Surcos de pana que madrugan para ir a por churros y se toman la molestia de leer las noticias que los envuelven mientras el azúcar se cuela en su córnea aún dormida. Puede que no exista aquel que entienda, que sea mentira aquella luz que se apagaba. Yo sólo disparo y disparo… y disparo. Malabares que agasajan a un público imbécil, dictador de absolutismos mayoritarios, preguntando el por qué y el cómo, jamás el cálculo. Hay quien asegura que no come, pero todos expulsan excrecencias por su boca de ano y van por ahí con un trozo de papel a modo de rabo, colgando del culo. Duermo, dormimos, dormíais, colgados como musarañas de castillos en el aire, gota a gota haciendo charcos de sangre. Salpicaba la sartén gotas de aceite en braille, directas al mandil de los sintecho que se agolpan tras la barra americana. Las piernas de la stripper cabalgando aquel misil, la crisis nuclear de lo rural. No quiero saber nada y ya sé demasiado. Dan por culo al inocente innecesario, presidentes escuchando lo que habla tu neceser, hijos denostados con acritud antifúngica. ¿Qué saben los párpados del color de las cosas?

MIGUELO GUARDIOLA