ENTONCES | DOCTOR TOCOMOCHO

Qué raro. La tarde fresca, casi fría, y ahí como que más en lo acostumbrado. Qué bien con tierra bajo las uñas. Qué asco de ciudad, tiene como más frío y se cala en sus huesos oxidados. Y yo me callo. Y no quiero callarme, pero me callo. Y vosotros también os calláis. Será mejor. Sí, claro. Como si fuese rezo, como si fuese rito, como real. Mentira, como la Realidad. Debo de estar cada vez más loco, será. Y me río entre dientes, parezco más loco, eso es más cierto; pero no lo estoy, no se puede estarlo, aquí, Estado, el que está, que es el que puede existir. Entonces.

Qué puto asco la ciudad. Y habitar en ella, porque aquí vivir es lo menos acostumbrado. Carreteras y humo de putos coches, muchísimos. Y más si llueve. Muchísimo humo, como niebla. Cuando la conozco ya hasta haber matado lo que le pudiese quedar para sorprenderme, no necesito creer, no quiero esperanza. Pero el problema es que fumo. Y que llegamos tarde.

—Vaya, que si llegas tarde.

—¿Cómo?

—…

—Esto… He… he perdido el autobús, bueno, primero la bici y la parte definitiva de la inocencia y eso.

—Pues es que llegas tarde, yo me tengo que ir temprano y esto, ¿sabe a poco o sabe a nada?

—Qué sentido tendrá hablar de eso ahora. Ahora es otra cosa la que hay que hacer o muchas las que hay que deshacer. Ma guarda che figura di merda.

—Perdona, no me entero de lo que dices.

Sigo, entonces. No voy a hacer lo que se espera de mí. Pero no por nada, sino porque es que no tengo ganas de ná. Así que lo que venga, ya tendré tiempo de perderlo preguntando cómo viene. Tiempo de matarlo sin hacer sangre. Tengo ganas, sí. O quizá más bien desganas de lo contrario. La crisis está claro dónde la llevamos, cada individuo particular del Estado global. Pues eso, entonces. Que este porro no me sabe y que ya me sé las caretas de las personas, hasta por las noches cuando yo desbrozo la mía, y extraña y fascinante la que no muestra tanto siempre lo mismo con las mismas formas, pero escasa y como que no, que por aquí llevo dando vueltas como hasta el punto de habernos tropezado periódicamente con los que pintarrajean la careta y la despedazan también, hasta el punto ya de reconocernos y habernos casi muerto como siempre, hilando fino. Hasta llegar a donde no nos sorprende ya nada.

El frío que hace, cojones. Todos los días lo mismo. Todas las semanas igual, y los meses, y pasan los años. Bueno, quieto, que voy grave con lo de las parcelas del Tiempo. Que no, que es igual, que no es para tanto, que lo que sí, en verdad, es que sigo ahí y para mí esto es como un espacio extraño en el que indudablemente algo va pasando, no sé muy bien ni qué ni cómo, si es que yo no soy yo dentro de dos años, o no era yo hace dos minutos, o si es que somos todos globalizadamente, o es que es el globo, la esfera, la galaxia, la espiral, el fractal, la elipsis, tu coño, la proporción áurea, la simetría, el tiempo o cristo que lo fundó; el caso, que un algo que va pasando en un espacio extraño y, contradictoriamente, predecible y sorprendente a veces, en el que estoy, porque lo de si soy es cosa más discutible, y puedo saber cómo es ese estar mío (que dudo que ahí haya posesión, que desde luego dominio no lo hay o, por lo menos, no total, y ahí medias tintas no hay), pero el de otra gente solo puedo figurarlo. Y bueno, eso, lo de las palabras y la Realidad, y lo poco que nos quede por ahí de verdad, si todavía cantamos algo, canciones, claro, y si sabemos que la tierra es lo único que tiene siempre valor, valía o eso (siempre que no plantemos plutonio).

Entonces, sigue haciendo frío, de cojones. Y yo sigo sin comprender nada y en verdad pienso que nosotros no lo comprendemos ni estamos hechos para eso, ni estamos hechos para nada. Pero veo por ahí a tantas personas tan convencidas de su careta que me pregunto: ¿nunca desbrozaron su máscara? ¿nunca se preguntaron de verdad si eran felices o simplemente se lo tenían creído, casi aprendido? Y parece que es eso, que las personas como que aprenden a creer su máscara y quererla como si fuera el sentido de la existencia, que ni siquiera se han planteado por qué hacen lo que hacen, que como mucho mencionaron una vez que nunca habían soñado con ser administrativos o dependientes, y luego enterraron dicha mención donde no se pudiera ver, pero la gente siente esa peste que despide, la punzada de la mentira, el latido de la vida. Y me sigo preguntando, cómo es posible que traguemos con esos engaños todos los días y que lo hagamos con una media sonrisa, como diciendo qué rico, esto era lo que necesitaba. Y ahí, a base de esto, y de llegar a odiar o, peor aún, de llegar a sentir la más insulsa de las indiferencias donde antes sentíamos de verdad, ahí, me pregunto qué es lo que pinto yo aquí. La respuesta de esa pregunta, claro, puede dar vértigo en este mundo que indiferentemente se consume hacia un final lleno de humo y veneno originado por el animal racional, por su enorme y evolucionado cerebro. Pero el fracaso es solo el juicio de los que piensan en ganar, estar por encima, en el qué a costa de cualquier cómo.

Pero siempre hay un pero.

***

Pero, de vez en cuando, me encuentro con gente con la que hablo, o a la que escucho, o de la que veo cosas salir y eso, gente con la que de repente desaparece cualquier barrera de caretas y es como si nos supiésemos desde siempre, como si la Historia nos hubiese venido trenzando antes de ser ni semilla, como si nuestra memoria hubiese crecido desde la misma fuente. Será el capitalismo, que nos iguala mucho a las personas (igualdad a razón de apisonadora, que me dijeron una vez).

Una vez me crucé con uno de esos como vivo, y decía si es que no veis que yo, que yo no tenía corazón. Y lo argumentaba, era entretenido, era verdad, pensé. A mí era más como que no sabía dónde lo tenía puesto, ni cómo estaba, ni nada, así que al final era como no tenerlo. Aunque algún susto me dio, y se me agarrotaba el brazo. Joder. Y nada, estuve pensando también que eso era como tenerlo en el cerebro. Por intentar comprenderlo o saberlo un poco, y no sentirlo, se quedaba en el cerebro, agarrotao, como mi brazo. Porque este mundo es muy cerebral, tanto como para saber la química de los feelings. Liberas endorfinas o dopamina o yo qué sé y, venga, te gusta esa película, estás enamorado de tal. ¡Qué fatiguita de mundo! Que ya no sabemos hacer fuego, que compramos el agua, que el mar es un vertedero. Qué cerebrismo. Qué asquerosamente bien sabemos bien qué es lo que nos gusta para divertirnos, lo que es necesario que trabajemos. Y no creernos ir muriendo. Qué vanidoso el saber de los hombres, adónde nos ha traído. Adónde nos va a llevar no está tan claro, está más bien oscuro. Pero no creernos ir muriendo.

***

Entonces, si ella es ella porque no está (porque si no sería un tú), entonces, que alguien me explique porque me olvido hasta del hambre cuando es ella.

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